Alice Carroll y Peter Pan venden piso en Ibiza

Las Musas tienen el honor de publicar un poemario inédito de Julio Herranz, titulado Alice Carroll y Peter Pan venden piso en Ibiza. Para todos vosotros, antes de convertirse en tinta sobre papel, los versos más recientes de nuestro poeta más muso.

Hasta aquí hemos llegado

En invierno la isla aún seduce
en cantos de sirena que prometen
aleluyas, pálpitos, resonancias
de sueños y ecos de eternidad.
Abres los ojos y el horizonte
se resuelve en espejos enfrentados.
Alice desgrana pasos perdidos
que encontró en volutas de humos
disolventes por fiestas circulares.
Peter, buscándola entre anillos
y abalorios, intenta una vez más
convencerla de que las vacaciones
no perdonan, hay que guardarlas
en la maleta azul antes que la erosión
fosilice sus miembros envarados.
Ya no lo aguanto más, escupe él.
El mar nos llama aún, elude ella.
La mañana puntea dobladillos
y un café largo se despereza
a cuatro manos y un suspiro.
Ibiza miente como puta vieja
y engaña en vicios aplazados.
Le das otra vuelta de tuerca
y te la clava sin reparos.
El sol, el sol… Y la piel se estira
en golosinas. Alice danza sus besos
de posidonia húmeda y Peter
la rechaza por higueras secas.
Enero aquí despierta argumentos
que no soportarían otra anilla.
Dos niños olvidados retozan en la arena.

(c) bluecitrusart

Se acabó la fiesta

Sólo el tiempo, el gran cabrón,
tiene la culpa. Nos expulsa
de la gloria del cuerpo joven,
que olvida, inocente, su futuro.
Ocupado en la fiesta de vivir
sin nostalgia, derrocha
el capital de luz sin miramientos.

Así Alice y Peter, dioses
efímeros acordes a un paisaje
de vino y miel, despreocupados,
se entregaban al culto del placer
por el placer, canción dichosa.
Pero la nube negra
ya iba tejiendo el armazón
que borraría el sueño.

Hace años que Peter no luce ya
la melena rubia que ondeaba
como una bandera, y el culo
de Alice y sus pechos al frente
se descolgaron, macilentos,
flácidos, sin consideración.

Para ellos se acabó la fiesta
de la isla más joven; y se saben
vencidos ante la carne fresca
que aquí les jubila a empujones.

No tanto ella, que pretende
que su bagaje dentro compensa
los destrozos fuera; cosa que él,
perezoso y escéptico, niega
ante el fulgor de las ninfas nuevas.

Las flores ignoran que su belleza
se debe al abono oculto.

Foto de Isabel Bloedwater

Apaga y vámonos

Peter: Aún estamos a tiempo
de salvar los restos del naufragio;
mas no en Ibiza, querida.
Aquí el fracaso es sólo potestad
de los jóvenes, que lo esgrimen
como salvoconducto de sus méritos:
estar de vuelta de donde nunca fueron.

Alice: No acepto tu derrotismo.
Sólo te ruego que no confundas más
tu miedo a crecer con la mentira
de que la isla envenena ilusiones.
Te sigues engañando. Si destruiste
aquí tu vida (recuerda el griego),
destruida estará en cualquier otra parte.
Lo sabes bien, querido idiota.

Peter: Habló el oráculo de Tanit;
la madre tierra que obra y espera.
Pero eres tú quien confunde
los planos del análisis; este marco
no es homologable. Un sueño
no responde a juez alguno que
su propia verdad. Y el nuestro
sólo fue cierto en este encierro.

Alice: La libertad tiene su precio,
como la biología; y hay que pagarlo
cuando la vida te pasa la factura.
Despertando, como lo hace ese dolor
de espaldas que tanto te cabrea.
Anda, cállate un rato. Te daré
un buen masaje y dormirás mejor.
Qué bien hicimos en dejar que tú
fueras el único niño de la casa.

Foto de RobW

Ya no da más de sí

Hasta la música está en contra.
Lo que antes era grato encuentro
entre la mente seducida
y el cuerpo alado, son hoy
choques de máquinas febriles
y vibraciones informáticas
que exasperan una danza rota.

¿Qué se hizo la canción
que aprendíamos mirándonos
bailar; qué se hicieron
las risas de los abrazos sueltos
cuando la luna era pretexto
de noches blancas, fraternales?
¿Qué fue de tanta pasión
como trajeron y olvidaron?

Alice y Peter no pisan una disco
en lo que va de siglo; y más.
Ellos, que eran la salsa
de la temporada, iluminados
personajes que todos reclamaban
por su hermosa alegría perenne;
abonados por libre a toda fiesta
que surgiera espontánea, sin reclamo.

Por eso odian tanto esa burla
de las flower power, caricatura
penosa del movimiento aquel,
irreversible. No puede una peluca
y un pinchadiscos del Inserso
recuperar la magia que se fue,
alucinada, cuando sonó la hora
del cierre y punto. Desde entonces
el silencio en la isla es atronador.

Forest Disco de Chalky Lives

No hay más vuelta de hoja

Es en verano cuando la isla duele más,
pues el sol enciende las ruinas
y las expone a mayor crueldad,
cotejar el ayer con el hoy.
Nos apea del burro del engaño
que fingimos en trapos prestados
de otras edad y nos abofetea
por nuestra desnudez impúdica.

Razón por la que Peter sólo baja
a la playa pasado el ocaso.
Dice que lo hace por el calor,
pero Alice, que sonríe adentro,
sabe bien que es para evitar
ser visto. En la penumbra amiga
los años son más indulgentes.

Ella en cambio disfruta a rabiar
dando masajes a la sombra
del chiringuito gay de es Cavallet;
trabajando con mimo y sin deseo
esos cuerpos tersos, apretados,
que buscarán luego, por los pinos,
algún distinto alivio terapéutico.

¿En qué verano dejaron de ir juntos
a la playa? Ni se dieron cuenta.
Cada cual se orientó a su modo
y ninguno hizo al otro reproches.
La temporada es para hacer caja;
y Peter prefiere labrar el cuero
en cueros y con brisa casera.

Sólo la noche los reune en la cama,
donde hasta hay días que follan.

Icy Beach at Night de James Jordan.

No digas que fue un sueño

Alice: Ya lo hemos discutido bastante;
pero parece que no hay manera,
te empeñas en negar la evidencia:
la vida sólo vale lo que pongas en ella, y la nuestra, que sigue bien viva, ha sido, y es, mucho má rica que la media de nuestra quinta.
Y no termina a los sesenta.

Peter: Sí, ya, tu empecinada apuesta
de futuro. Menudo consuelo.
¿No te das cuenta de que a partir de aquí, y, sobre todo, si seguimos aquí, las cosas sólo irán a peor? Tu receta vital no resistirá la decadencia física enfrentada a la vida ascendente.

Alice: La vida ascendente no puede
ni debe llegar más lejos del reloj
que la marca. Y todas sus horas,
de las que hieren a la que mata,
miden el tiempo que te toca
en suerte; en Ibiza o en Londres,
tanto da para lo que importa,
llenar tu vaso y apurarlo a fondo.

Peter: Como los sueños, que sueños son;
y duelen si los estiras al despertar.
El nuestro, que nos hizo dioses,
sólo puede salvarse lejos de la isla
y sus espejos. He de insistir, querida,
marchémonos antes de que el ayer
se fosilice tanto que deje de latir
y no sepamos, ni queramos ya,
reconocerlo como propio.

Dreaming de h.koppdelaney

La culpa fue de aquel verano

Llegaron a la vez a la isla, en el 74.
Venían de un Londres que aún
vibraba, exaltado, de libertades
y rebeldías contra el sistema.
No se conocían. Tenían 25 años
y dejaban atrás estudios de arte
que no sabían cómo rentabilizar.

Se encontraron en una fiesta abierta
de una casa payesa, en junio
y con una luna que embrujaba
los sentidos, alterados de bebedizos.
Pocas palabras, danzas y humos,
miradas reptando por cuerpos
que sudan gozo; y un final azul
trenzado en piel con las luces del alba.

A la semana Alice se mudó
al piso de Vila que Peter compartía
con una pareja de franceses.
Un dinero común y flexible
les cubría los gastos como si fuera
un fondo milagroso del amor.
No paraban, la belleza de ambos
era el salvoconducto de acceso
a los pródigos placeres de la isla.

Así pasó un breve verano eterno,
crecidos en un sueño tan alto
que cortó las débiles raíces
del ayer, olvidadas bien al fondo
de sus mochilas. Ni hablaron
de volver; tácitamente supieron
que sus vidas nacían de nuevo
en Ibiza. El resto no importaba.

Séptimo poema de Alice Carroll y Peter Pan venden piso en Ibiza de Julio Herranz (para acceder a todos los poemas del libro, haz click aquí).

Summer’s suggestion de Felice de Sena Micheli

Shine on your crazy diamond

Que su nombre oficial era es Savinar
lo supieron muchos años después.
Para Alice y Peter seguirá siendo
la Torre del Pirata, un enclave
mágico frente al islote de es Vedrà.
Como Atlantis, la cantera del Buda
a la que siempre se llega sudado.

Por mucho tiempo fue su refugio
favorito de la isla, al que acudían
con fervor místico y sólo cuando
andaban en ondas elevadas.
Bañarse allí desnudos en verano
o asar algo con brasas en invierno
eran los puntos álgidos del sueño
que mejor resumía su felicidad.

Siempre bajaban solos, cantando
a trechos algunos de sus temas fetiche,
banda sonora de sus días mejores.
A veces, hasta cargaban la guitarra
de Peter y el tamboril de Alice;
ensayando entre besos y alguna
horizontal morosa lo que luego
aportarían a la comunidad.

Un día dejaron de ir. El lugar
había dejado de ser suyo, violado
por herejes con músicas mecánicas
que incluso hacían allí sus rave parties
impunemente. Una profanación
que ponía a Peter de los nervios,
mientras que Alice se encogía de hombros.

Where have all the flowers gone;
when will they the all ever learn…
Y no crecieron más.

Octavo poema de Alice Carroll y Peter Pan venden piso en Ibiza de Julio Herranz (para acceder a todos los poemas del libro, haz click aquí).

Fotografía de Jordi Salewski

Comunión química

Peter: Cómo puedo explicártelo,
es un verde que se filtra en el aire
con espasmos geométricos de luces
alternadas en rojo. Mira mi mano,
los dedos crecen hacia ti, encienden
sonidos de caricias detenidas.
Quiero besarte, pero tu boca huye
como un cáliz que no alcanzo.

Alice: Acércate más, envuélvete
en este manto púrpura que abre
la mañana. Somos aromas dulces
que el viento ordena, caricias
dobladas en mermelada ácida.
No sabía que tu amor fuera capaz
de penetrar la piel del pensamiento.

Peter: Diosa del bosque, poderosa
madre que destilas la miel alegre
de la vida abierta, abre ya en mí
el camino que alcance tus secretos.
Expande tus flujos sobre mi centro
deseante, rasga tu túnica de sol
y escóndeme en un azul eterno.
¿No oyes un trino de mariposas ciegas?

Alice: Te siento tan dentro que podría
nacerte sin abrir las piernas, multiplicado tú en ecos de mi sangre batida.
No sé quién eres ni qué quieres
de mí, pero tu pecho tiene plumas
y tus ojos se abren como pozos de lluvia.
Volamos, Peter, volamos más allá
de la rueda y el ángel. Seguro
que esta vez ganamos la medalla.

Noveno poema de Alice Carroll y Peter Pan venden piso en Ibiza de Julio Herranz (para acceder a todos los poemas del libro, haz click aquí).

Fotografía de Alejandro Marí Escalera

Densidad láctea en la mirada

Febrero, Corona y almendro en flor,
una cita que Peter y Alice nunca
olvidan, a pesar de que la ceremonia
haya perdido el añorado encanto
del paseo lírico con brotes amorosos.
Sobre todo en domingo, cuando
parece una vulgar y ruidosa romería.

Hace años que Peter no repite
la vieja leyenda que le contaron
sobre este valle de fértil tierra roja:
que tanto apretado almendro se debe
a la promesa que hizo a su amada
un rico moro de que algún día
una alfombra nevada cubriría su finca
como regalo parejo a su belleza.

Ahora es Alice quien se la cuenta a él;
recordándole al tiempo que fue allí,
en su primer invierno en la isla
y mientras leía poemas de Walt Whitman,
cuando le dijo te quiero la primera vez.
Peter asiente, le aprieta la mano
y vuelve a besarla como entonces.
Un rito que ella nunca olvida
porque, dice, se lo pide la tierra.

Como tampoco perdona el acercarse
al acantilado a ver sa Foradada
cuando cae el sol. Ni tirar al mar
la ramita florida de pétalos que hace
besar a Peter tras besarla ella:
Hasta el año que viene, Neptuno,
Tánit, grita a todo pulmón
para que Peter responda como el eco.

Fotografía de Jordi Salewski

Take a walk on the wild side

En aquellos dorados años pasó algo gordo que ni Peter ni Alice quieren recordar.
Un episodio aislado que zarandeó
su amor con riesgo de naufragio
y alarma evidente de ruptura.
El sexo libre, bandera y estilo
de la isla en la época, les dejó
preguntas de difícil respuesta.

Sucedió durante una ausencia breve
de Alice. El francés del piso, que
también quedó solo unos días,
fue el agente inductor cómplice.
Hablaron mucho, fumaron demasiado
y en la segunda noche, sencillamente,
durmieron juntos y follaron a gusto.

Al día siguiente, serios y cortados,
ni uno ni otro acertó a explicarse
por qué habían hecho tamaña locura.
Se fueron cada uno por su lado,
rumiando y con disgusto mutuo.
Ya de noche, se encontraron, borrachos,
en La Tierra y se disculparon por sus
cabreos respectivos. Siguieron bebiendo
y fumando a la salud de la amistad
y acabaron al alba juntos en la cama.

Habían aceptado que la pasión brota
al margen de los frenos morales
y era más sano no oponerle prejuicios.
Pero ambos lo tenían claro: cuando
las chicas volvieran, Peter y Alice
buscarían otro alojamiento. Mientras,
seguirían disfrutando de sus cuerpos
viriles, hermosos y sin culpa.

Fotografía de Alejandro Marí Escalera

La prueba del nueve

Alice: Tú dirás lo que quieras,
pero yo no lo veo tan fácil.
Quedarse aquí fuera de temporada
exige un temple especial; no creo
que estemos preparados para un reto
semejante. Se han ido ya casi todos
los amigos y apenas sabemos hablar
ni congeniar con la gente de la isla.

Peter: Podemos intentarlo al menos.
El verano, querida, ha sido agotador
y apenas hemos puesto los pies en el suelo.
Tengo ganas de pintar y escribir
y tú podías volve a modelar el barro.
Descansaríamos y veríamos si la otra Ibiza
nos acepta o rechaza. Serán un buen desafío.

Alice: No sé, Peter, no sé qué decirte.
Según lo ves, puede tener su gracia,
no lo niego, pero temo al contraste
de un cambio de vida tan radical.
Puede que te aburras de mí, que el frío
nos encierre en la melancolía y
acabemos haciéndonos reproches serios
por el desgaste de una rutina incómoda.

Peter: O puede que descubramos,
como sospecho, que este tiempo, tan muerto
de estímulos fugaces, nos acerque más
y nuestro amor salga fortalecido.
Nos debemos tal prueba para saber
si es posible apostar por un futuro juntos.
Hasta ahora todo ha sido demasiado fácil,
una ebriedad de libro. Nos merecemos
una felicidad con mayor garantía.

Fotografía de Jordi Salewski Pascual

Secretos de familia

Pasaron años y años antes de que asumieran
que por mucho tiempo que vivieran en la isla
jamás llegarían a sentirse ibicencos.
Y eso a pesar de su publicitada tolerancia;
que no era tal, como Alice y Peter
descubrirían por experiencia propia
y reiterada, sino más bien indiferencia
hacia lo que els peluts hiceran o dejaran de de hacer.

Indiferencia manifiesta; y hasta complacencia,
pues gracias al reclamo de tan pintoresca tribu
colorista y libertaria, Ibiza atraía a gente
y más gente que iban enriqueciendo
a una tierra de pobreza endémica
gracias al maná de un fenómeno
rico en depredadores, el turismo de masas.

Pero la tolerancia moría por las bravas
en cuanto el foraster se atrevía
a sacar los pies del plato. Ahí, las fuerzas
vivas que cortaban el mejor balacao
no cedían. La moral relajada del hippy
chocaba de frente con su intransigencia.
Cada cual en su sitio y los límites claros.
La contaminación, peligroso delito.

Así, Alice y Peter no hicieron amigos
nativos hasta la siguiente generación.
La que les recibió con los brazos abiertos
se cerraba en banda apenas osaban
llamar a su puerta. No lo percibían
tanto en verano, cuando fluía el dinero
y el fenicio dentro sólo veía su brillo;
pero después, hacía falta mucha fe y amor
a lo propio para no escapar a toda leche.

Fotografía de Jordi Salewski Pascual

Descubriendo mediterráneos

Qué utópicos y rosa los tiempos aquellos
en que, junto a las flores en el pelo,
florecían ensayos de armonía solidaria
que destilaban ingenuidad naive
en los que el amor, panacea y mantra
de todos los impulsos, era la contraseña
de acción y reacción del ser y estar.

All you need is love; y encontrarlo,
mimarlo y compatirlo era la única
verdad de cambio del día a día.
Nadie se sentía solo, y juntos probaban
fórmulas de vida (todos para uno,
uno para todos) que nadie cuestionaba.
Lógico, pues, que los más entusiastas
se decidieran a unirse en comunas.

Peter recelaba a ratos, pero al final
Alice le convenció y pasaron unos meses
en Can Tiruri, al norte de la isla.
No sé cómo fue la experiencia.
Dejé de verles, no bajaban a Vila
y los rumores que a veces me llegaban
eran inquietantes. Llegué a pensar
que aquel lugar atufaba a secta.

Cuando les encontré al verano siguiente
no parecían los mismos. Los colorines
de sus ropas se habían vuelto sobríos
y andaban taciturnos, esquivos, raros.
Tanto, que preferí no preguntarles.
Fue Alice, unos meses después, quien
resumió la cosa ante un grupo de amigos
y unas copas: suerte tienes si te salvas a dos; hacerlo en grupo es un farsa inmunda.

Fotografía de Alejandro Marí Escalera

With a help from my friends

Peter: Deberías darme la razón alguna vez;
reconocer que te has equivocado
no es tan grave. Al fin y al cabo
no ha sido más que un pecado
de confianza. Y no fui yo el único
en advertírtelo; también Julio
te alertó de que aquello tenía mala pinta.

Alice: Muy listo tú y tu amigo poeta
a la hora de nadar y guardar la ropa.
Tanta prudencia siempre es irritante.
Vivir es mojarse y asumir el riesgo
de estrellarte, algo que él no hace
ni por una pasión, aunque sus versos
finjan lo contrario. En cuanto a ti,
querido, mejor no me tires de la lengua.

Peter: Vale, déjalo. No merece la pena
darle más vueltas. Hemos aprendido
otra lección y las heridas sanarán pronto.
No es el primer chasco en cinco años
y hemos salido a flote de peores.
Por cierto, no eres justa con Julio;
a su aire, es un amigo que no defrauda
y ayuda más que otros más íntimos.

Alice: Lo sé de sobra, y no le ataco a él.
Eres tú quien me saca de quicio cuando
te pones paternal y sueltas el sermón
de tu montaña mágica. Si no fuera
porque te quiero más de lo que mereces,
te ibas a enterar. Pero me rindo,
sí; por aburrimiento, y porque sabes
que mi mejor medicina son tus manos
y esa mirada caliente que me funde.

Fotografía de Alejandro Marí Escalera

Qualsevol nit pot sortir el sol

Fueron llegando al caer la tarde
y sin saber el motivo del encuentro.
Una invitación que Alice y Peter
aceptaron por curiosidad y afecto
hacia el anfitrión, Vicent Calbet,
tímido, bohemio y sometido
al arte y a la belleza. Un personaje
que miraba lento y hablaba callado.

La música saltaba épocas y estilos
pinchada por cualquiera que quisiera
buscarse en tan caótica y surtida discoteca:
de rock al flamenco, de clásicos con clase
a cantautores que reclamaban atención.
Y el vino y los humos felices anudando
voces, risas, miradas y silencios.

La vieja casa payesa abría sus brazos
a una fauna dispar que se agrupaba
al albur de afinidades sospechadas
e inciertas con el pintor de los azules.
Era él, generoso y atento con todos,
el nexo fluido de una velada que crecía
en las horas dulces del dulce septiembre.
Una fiesta montada, como Vicent contaría
después a Peter y Alice, sólo para gastar
el dinero fácil que había ganado
con una exposición trabajada en un mes.

Casi amanecía cuando alguien sacó una guitarra
y entonó, somnoliento: Oh, benvinguts,
passeu, passeu, de les tristors en farem fum.
A casa meva és casa vostra, si es que hi ha
cases d’algú. Y, tal una propuesta invertida,
los invitados, perezosamente, empezaron
a bajar la cuesta de Can Puvil.

Fotografía de Jordi Salewski Pascual

Indolencia y piscina

La última vez que estuvieron allí
fue en el 90, para una gala especial
de Ibiza 92. Una ocasión excepcional:
Montserrat Caballé y Fredy Mercury
presentaban una canción para la Olimpiada, Barcelona,
que les caló bien dentro en su desgarro exultante de contrastes.

Ahora, entrado el siglo XXI, volvían,
recelosos, empujados por los entusiastas hijos de unos amigos.
Tenéis que verlos, St Germain os gustará seguro;
su música es de lo mejorcito que se hace hoy.
Y fue Alice, claro, quien convenció a Peter.
Pero ambos se alegraron,
pues las máquinas se plegaron al servicio del talento.

Luego, en una terraza de noctívagos,
contaron a los jóvenes lo que había sido aquel lugar
en los veranos de los altos 70, cuando se llamaba Club San Rafael:
de piscina con bar de una urbanización,
pasó a ser punto de encuentro favorito
de los hippies. Sonidos psicodélicos,
drogas fraternales y un buen rollo suave
que terminaba en baño colectivo.

Alice y Peter, sin embargo, no dijeron
a los mozos renovados, poco atentos ya
a otra batallita de la pareja ajada,
cuál era el ritual final de esas noches
de luna y miel: salvo excepción por
sueño o abulia, ellos dos siempre iban a follar
bajo una higuera discreta y frondosa
desde la que se veía la iglesia del pueblo.

Fotografía de Alejandro Marí Escalera

La cueva de la diosa

Alice: Imagínate, Peter; aquí estaba
el altar del sacrificio; animales chicos,
pero he oído que, a veces, algún niño;
cuando la cólera de la diosa Tanit
vertía sobre la isla grandes desastres.
Hace veintidós siglos esto era sagrado
y aquellos ibicencos subían hasta aquí
acojonados por el peso de su fragilidad.

Peter: Para que veas; y hoy sólo es una ruina
que da pena. Un agujero enorme perdido
en el culo de la isla. Como para fiarse
de los dioses que fueron o de los que vendrán.
Sí, Alice, sí; una elocuente lección para
los que creen que el más allá les solucionará
los problemas de aquí. Pásame el porro, anda.

Alice: Cuando te pones racional, querido,
eres demoledor. Pero esos argumentos
no me convencen. Si te callas un rato
y abres tus chakras al flujo de esta cueva,
podrías sentir dentro algo espiritual
y mágico. Tanta energía acumulada
con tanta fe y por tantísima gente
deja huella, impregna estas piedras
con algo vivo que percibo casi a flor de piel.

Peter: Joder, tía, ¿te has metido un ácido?
Menudo alucine el que has pillado.
Pues vale, que te aproveche el cuento;
y si quieres más, con los poderes
que me asisten te ordeno sacerdotisa
de Tanit, ella, la Señora. Venga, bonita,
salgamos ya. Un bañito rico en sa Cala
y se te pasa el cuelgue de es Cuieram.

Fotografía de Jordi Salewski Pascual

En pelota y corriendo

No Alice, que insistía que hasta de viejecita
seguiría bañándose en el mar sin
bañador, pero Peter había dejado
de hacerlo desde que el nudismo perdió
el aura de rebeldía y protesta
que tenía en las postrimerías del franquismo.
Desde que el único riesgo consentido
era que una medusa te besara el culo.

Aún tenía muy viva la memoria
de aquellos ocasos guapos en las Salinas
cuando el grupito de los íntimos
ocupaba una de las calitas alejadas
de la zona oficial de las familias,
y a pelo, con música hecha a mano
y humos de ida y vuelta, saboreaban
un paisaje de piel que resume la vida.

Como nunca olvidó la emboscada
de aquel agosto tórrido, cuando se vieron
envueltos por una nube de guardias civiles
que, a gritos y con porras, fueron a por ellos.
Qué subidón de adrenalina provocó
en todos. Carreras, golpes, zambullidas
de escape, discusiones a gritos de los más
indignados por el infame avasallamiento.

Peter y Alice fueron de los que acabaron
en el cuartelillo, con unos doce más.
El desenlace: bronca con moralina
fascistoide del torvo comandante de puesto;
multa de mil pesetas por escándalo público
y advertencia de que, si reincidían,
serían expulsados ipso facto de la isla.
Qué buenos tiempo; entonces sí que tenía gracia
broncearse en peligro los cojones.

Fotografía de Alejandro Marí Escalera

La noche blanca

Según cayera la luna llena, la cosa
era en enero o en febrero. De aperitivo,
las sabrosas tortillas de Can Cosmi;
las de antes, pues han muerto de éxito
y ya no saben ni de lejos como entonces.
Como mucho llegábamos a veinte
los cofrades seguros de la Dama Blanca
que cumplíamos el rito paganamente.

Aclarados los puntos del protocolo
con la dudosa seriedad exigida, salíamos,
bien puestos, a tomar el sendero holgado
que circundaba el florido Pla de Corona.
Botas de vino, alguna guitarra y tres libros
de poesía. Sin olvidar, por supuesto,
la hierba nuestra de cada día.

El paseo era lento y moroso, salpicado
de temas vagamente esotéricos, sin faltar
el contrapunto de la guasa oportuna.
En la parada de la estación primera
se leía del texto en catalán que Toni Roca
elegía ese año. En la segunda, del poeta
en castellano que me tocaba a mí.
Y en la tercera, los del libro en inglés
que Alice seleccionaba para la ocasión.
A Peter le gustaba poner la música.

¿Cuántas veces repetimos esas cálidas
y frías y líricas y locas noches blancas?
No recuerdo; como una década o así.
Hasta que perdió su sueño aglutinante.
Aunque Alice y Peter las hacen a veces
todavía y me piden que me una a ellos.
Pero no; echaría de menos a algún fantasma
amado que aún pena en la distancia.

Fotografía de Jordi Salewski Pascual

Riders on the Storm

Peter: No podíamos haber elegido mejor día
para buscar los restos del siniestro fatal
del avión que se estrelló en sa Talaia.
Te dije que la radio anunciaba tormenta
de viento y lluvia y que recomendaban
no coger el coche. Pues nada, la señora
encontró al aviso un desafío excitante.
Bonito resultado, calados hasta los huesos..

Alice: Mira que eres comodón y burgués;
lo que te cuesta salir de la rutina.
Al contrario, creo que es el día perfecto
para esta aventura, así tomamos más conciencia
de lo que pudo ser tan tremendo accidente.
No se salvó nadie. Imagina el horror que sentirían
los que descubrieron semejante catástrofe.

Peter: Desde luego, pero para saberlo no hacía falta
cargar tanto las tintas. Me parece morboso
por tu parte que disfrutes evocando aquello.
Y con este tiempo de perros. Estarás contenta,
ya podrás presumir de que los elementos
no pueden contigo. Y para que lo sepas,
mucho me temo que nos hemos perdido.
A ver ahora, con tan poca luz, si eres capaz
de encontrar el coche. Graciosísimo.

Alice: No te pongas nervioso, por favor;
lo exageras todo. Debe de estar cerca, seguro;
creo que esta caseta la vimos al subir.
A ver, sí, está abierta. Esperaremos dentro
a que escampe. Nos queda un bocadillo
y media botella. Ven aquí, agonía, mamá
te quiere y no dejará que te lleve el coco.
Sabes, te veo guapo hoy. ¿No te apetecería….?

Fotografía de Alejandro Marí Escalera

¿Por quién doblan las campanas?

Fue al volver del entierro de Janine
cuando Peter comentó por primera vez
a Alice que deberían pensar en marcharse
de Ibiza: Tenía nuestra edad, y adiós.
Es absurdo. No vinimos aquí para morir.
Y siguió rumiando su indignación
contra el destino hasta llegar a Vila.
Una forma muy suya de expresar su dolor.

Que lo sentía, como todos los amigos
que llenaron la iglesia de San Carlos
en un funeral tan triste como extraño.
No, ninguno parecía preparado para un duelo.
Ni sus pintas iban a tono, ni su compostura.
Salvo la familia de la finada, que llegaba
de Alemania preparada para el trago,
todos ellos parecían fuera de lugar.

Alice conducía sin hacer caso a Peter.
Entendía su ira; la isla de la vida tan viva
les había mostrado su rostro más obsceno,
como empujándoles a salir del paraíso.
Ya no era por droga, accidente o locura,
sino de muerte natural. Todo lo natural
que puede ser la enfermedad del tiempo.
Pero era mejor dejarle que se desahogara;
estaba demasiado sensible últimamente.

Cenaron en silencio, mirando las imágenes
sin sonido de la tele. Peter terminó pronto
y se metió en su taller sin mediar palabra.
Alice cogió su libro sin pasar de la página.
No se le iba de la cabeza el cuadro
de la iglesia, el pésame, el cementerio
y el dolor incómodo que sentían todos.
Ni que en Ibiza estuviera prohibido envejecer.

Fotografía de Jordi Salewski Pascual

Et in arcadia ego

Aquel domingo de noviembre Peter
salió temprano, sin decir nada a Alice.
Había tenido una pesadilla que todavía
le angustiaba: estaba solo y llorando
ante la tumba de su compañera
en el viejo cementerio de Figueretas.
Un cielo de plomo y un frío en el alma
acentuaban el peso de su desolación.

Había que escapar de la isla antes
de que fuera demasiado tarde. No estaba
dispuesto a consentir que los duros años
de la recta final los vivieran aquí.
Tenían que preservar su sueño mimado
y estaban a un paso de la frontera sin retorno.
Cruzarla en Ibiza era admitir que habían fracasado.

Con tan lúgubre carga, andaba absorto
cavilando en cómo explicárselo. Sabía
que Alice se resistiría. Vivía el momento,
del que sacaba siempre energías renovadas,
y no entendía para nada su alarma y sus temores..
¿Sería capaz de irme yo solo y dejarla
que se convenciera mejor por ella misma?
Al echarme de menos, igual reaccionaba.

Llegó a Playa d’en Bossa, el sol era una tierna
caricia enamorada. Sentado cerca de la torre
miró hacia Dalt Vila respirando hondo
la dulce brisa de un día a mala leche;
como un regalo perfecto de los dioses.
Se tumbó en la arena y se quedó traspuesto
mirando atrás: en una cueva cerca, Rafael
Alberti y su María Teresa se amaron en 1936.
La vida no respeta ni a los desesperados.

Fotografía de Alejandro Marí Escalera

Solicitud de tregua

Alice: Peter, ya está bien; llevas varios días
rumiando algo. Te conozco de sobra,
y parece que fueras un perro enjaulado
que busca una salida desesperadamente.
Si tienes algo que decirme, suéltalo ya
y no le des más vuelta. Será mejor, sí,
que hables claro de una puñetera vez.
Me estás poniendo de los nervios.

Peter: Tienes razón, querida; pero no sé
cómo decírtelo para que entiendas mi postura
sin cabrearte. No quiero hacerte daño.
La cosa es que quiero marcharme de la isla;
aunque como sé que tú no tienes la intención de hacerlo,
he decidido largarme solo. No definitivamente,
sólo como una prueba que me debo a mi mismo.

Alice: Acabáramos. Lo que yo sospechaba.
A la vejez, viruelas. Otra vez con tus miedos
a aceptar que el tiempo pasa y nos desgasta.
¿Y crees que en Londres no lo notarás?
Pues me temo que más; por el rechazo
a un tipo de vida que ya no es el nuestro.
Pero como no hay forma de convencerte,
será mejor que lo compruebes por ti mismo.
Me jodería que pienses que no te vas por mí.

Peter: No lo pienso. Sólo te pido una tregua
para sopesar este maldito desasosiego.
Y estando contigo no puedo. Me coacciona
tu buen rollo contra viento y marea.
No es una ruptura, te sigo queriendo igual.
Me tomaré seis meses de vacaciones,
digamos, y a la vuelta tendré las ideas más claras.
Por supuesto, no voy a exigirte que me esperes.

Fotografía de Jordi Salewski Pascual

Folklórica con patines y peineta

Antes de verle aparecer, se le oía
desde lejos: con voz de falsete ululaba
como una ambulancia enloquecida.
Alice y Peter tenían el puesto justo
enfrente del obelisco del Puerto y eran
de los primeros en notar el alboroto
que iba armando a su paso rodado
el gran Ramón, la reina del escándalo.

Para los fijos del lugar, su presencia era solo
motivo de jolgorio. Hippies, camareros
y personal naviero le jaleaban y reían
sus gracias histriónicas y provocadoras.
Pero los turistas alucinaban con aquel tipo
grande, travestido en folklórica punky
con peineta enhiesta y a todo patín.

Serían mediados los 80, y según le contó a Alice
en una noche de confidencias, era de Madrid.
La oveja negra de una alta familia militar
que llegaba a Quevedo, nada menos. Y juraba
que su padre hasta guardaba inéditos del vate.
A él toda esa alcurnia le importaba un carajo,
decía: Yo, en invierno, con la Movida a tope;
de moderno, el que más; y cada verano,
a mariconear a Ibiza y ponerme hasta el culo.

Ramón murió ya entrado el nuevo siglo.
Se dijo que de sida. A Peter no le caía bien,
aunque Alice era íntima suya. Recordaba
aún un estribillo que cantaba, asegurando
que lo había escrito su ilustrísimo ancestro:
Caliente, en una noche fría,
yo andaba por los andurriales
buscando una polla dura
que me subiera a los altares.

Fotografía de Alejandro Marí Escalera

Nunca te vas lejos de tu sombra

Los primeros días de Peter en Londres
fueron llevaderos. Vivía en casa de su hermano
George, por Canden Town, y se entretenía
buscando viejos amigos, disfrutando del ocio
ilustrado de la City, frecuentando pubs
y pensando en Alice con nostalgia y alivio.
Un sentimiento agridulce que le inquietaba a ratos.
Estaba tan hecho a ella, que no podía evitar
imaginar cómo reaccionaría ante las novedades,
tantísimas, que encontraba a su paso cada día.

Pero no la llamaba ni escribía. Habían decidido
que por un mes guardarían silencio mutuo.
Y no resultaba fácil mantener el pacto;
sobre todo en las noches que se le iba la mano
con las pintas de Guiness, su vicio favorito.

Fue a la cuarta o quinta resaca cuando decidió
que ya estaba bien de vacaciones. Se imponía
organizar un plan de vida para aclararse
las ideas; caso contrario, ese vago sentimiento
de culpa acabaría amargándole la decisión
tomada. Puso anuncios para dar clases de dibujo,
se apuntó a la British Library y empezó a hacer
footing por Hyde Park de buena mañana.

Era un otoño suave y no tenía muchos gastos.
Su hermano mayor, viudo de hacía dos años
y funcionario jubilado ya, no quería cobrarle
pensión. Sus dos hijos trabajaban en América
y vivía solo, con la ayuda de una asistenta.
Hasta le insistía en que invitara a Alice;
le caía bien y le tenía cariño. No entendía
esa separación absurda, decía. Peter disimulaba
como podía y se excusaba diciendo que pronto
las cosas cambiarían. Necesitaba tiempo.

Fotografía de Jordi Salewski Pascual

Dicen que la distancia es el olvido

Peter: No te preocupes, estiro bien los ahorros
y poco a poco las clases van dando resultados
positivos. Me interesa más saber cómo lo llevas tú;
cómo te apañas sola; a quién ves, con quién sales.
No debería decírtelo, pero te echo de menos.
Sigo dándole vueltas a esta separación
y no sé si he hecho bien. A veces creo
que me he equivocado, que debería volver.

Alice: Me alegra, claro, que me eches de menos;
yo a ti también, por supuesto. Pero no debes
tirar tan pronto la toalla. Si volvieras ya
no habría servido de nada tu escapada.
Aguanta ahí el tiempo que habías decidido.
Y no quiero, además, darte detalles de mi vida
sin ti. Tranquilo, voy tirando; recursos no me faltan.

Peter: Vale, querida; ya sé que merezco tu silencio.
Esperaremos. Pero no olvides que mi intención
final no ha sido para nada separarme de ti,
sino ayudarte a ver que Ibiza ya no tiene
mucho que ofrecernos y que Londres, ahora,
a nuestra edad, tiene bastantes más ventajas.
Igual lo entenderías mejor si vinieras a verme.
¿Por qué no te das, y me das, esa oportunidad?

Alice: Eres la hostia, Peter. Todo lo filtras
por tu egoísmo infantil. No serviría de nada.
Insisto en que tu problema no es la isla,
sino tu miedo a envejecer; y en eso no puedo
ayudarte ni en Londres, ni en Ibiza
ni en la luna. Ya lo tenemos más que discutido.
Y no pienso aguantar tus chantajes nunca más.
Sabes de sobra cómo soy y qué siento al respecto.
Cuando te aclares de una puta vez, me llamas.

Fotografía de Alejandro Marí Escalera

Those were the days, my friend

Había ido a Picadilly a comprar un viejo disco
de The Animal que le traía buenos recuerdos,
When I was young. Al salir de la tienda se topó
con María. Era una vieja amiga sevillana
que hacía tiempo no veía; y ambos se alegraron
de la casualidad. Ella había marchado de la isla
en el cambio de siglo y le perdieron la pista.

Fueron a tomar algo y a ponerse al día
sobre sus vidas. Recordaron los buenos ratos
que habían pasado en Punta Arabí, donde
María tenía su puesto al lado del suyo,
y las charlas eternas que tenían los tres
entre porros, música y escasos clientes.
Hacía cinco años que vivía en Londres, trabajando
en el Instituto Cervantes como administrativa.

A la tercera copa, Peter le abrió su corazón.
No estaba bien, Alice no aceptaba su deseo
de irse de Ibiza y se sentía un tanto perdido
en sus dudas y temores frente al futuro.
María le escuchaba con ternura en los ojos,
asintiendo, comprensiva, a su triste discurso
y cojiéndole la mano para darle ánimos.

Era algo más joven que Alice y aún tenía
un buen cuerpo, se fijó Peter cuando el alcohol
empezó a enturbiarle la conciencia y la mirada
con cierta lascivia mal disimulada. Así que
aceptó encantado cuando le propuso tomar
la penúltima en su piso, a dos manzanas.
Despertó resacoso y estaba solo. Había una nota
en la otra almohada: Podrías ser un amante
encantador si dejaras de llamarme Alice.
Yo en tu caso, saldría corriendo para Ibiza.

Fotografía de Jordi Salewski Pascual

A la calle, que ya es hora

En los primeros tiempos, Peter y Alice
no se integraban bien en la realidad social
de la isla. Vivían más en ambientes guiris,
como hacían la mayoría de los hippies,
y pasaban del rollo político de los ibicencos.
Dos mundos paralelos con escasos contactos
que se respetaban por indiferencia mutua.

Su primera comunión de cierto compromiso
les vino por influencia y presión de Julio.
Que si ya que vivían aquí, debían mojarse
frente al abuso de poder del caciquismo
atávico que sufría Ibiza desde siempre.
Peter se hacía el sueco ante tanta tabarra,
pero Alice se fue concienciando y al final
(¿cuándo pasó aquello?) le arrastró sin más
a la manifestación gorda de Salvem ses Salines.

A ambos les resultó estimulante aquel
baño de multitud coreando consignas.
Y más aún cuando vieron que daba resultado,
pues la zona acabó siendo Parque Natural.
Un triunfo que contagió a los más escépticos
y abrió puentes de luz entre propios y extraños.
Desde entonces, nuestra pareja participaba
en casi todas las movidas rojas y verdes.

La última fue la más sonada: una oposición
frontal y mayoritaria contra las autovías.
Qué momento de empuje casi revolucionario
aquellas guardias frías en Ca na Palleva,
bastión y símbolo de nuestra resistencia
solidaria y fraternal. Un hito histórico
en una isla tan autocomplaciente, que dejó
heridas irreparables en el paisaje, sí, pero
también un freno a la casposa derechona
y una zancandilla a su inmoral impunidad.

Fotografía de Alejandro Marí Escalera

Donde las dan, las toman

Alice: Tampoco tienes por qué tomarlo así;
son cosas que pasan y nadie tiene la culpa.
Es el juego de la vida, que ganas o pierdes
según te vengan las cartas que te tocaron.
Y hazme el favor de no sentirte culpable
de nada. Igual podía haber pasado contigo aquí.
Hasta en los cuernos quieres tener razón.

Peter: Alice, hostia, déjate de bromas estúpidas.
Maldita la gracia que me hace enterarme así,
de golpe, que sólo dos meses después de dejarte
te lías con un tío, y alemán, que bien podría
ser tu hijo. Para subirse por las paredes.
No, querida, ni hablar. No acepto, para nada,
que se trate tan sólo de una canita al aire.
Te conozco de sobra y sé que si te vas a la cama
con alguien no es sólo por un polvo. Y ahora
qué hago yo; menudo papelón en el que me pones.

Alice: No seas absurdo, Peter; ni saques más
las cosas de quicio. Tengo todo el derecho
a hacer lo que quiera con mi vida.
Sólo faltaría. Pero no estoy liada con Gustav.
Hay demasiadas cosas que nos separan;
y que no tengo ganas de cargar con otro niño
grande. Para eso ya tengo bastante contigo.
Me cae bien, es cariñoso y tiene buenos detalles;
pero es inmaduro, folla peor que tú y ronca.

Peter: No me consuela ser un cornudo halagado,
ni estoy de humor para tus bromas feministas.
Hablo bien en serio. Me estás cerrando la puerta
de la vuelta prevista justo cuando tenía pensado
hacerlo pronto. Pero cómo puedes imaginar
que iba a aceptar sin más a ese niñato de mierda.
Ni amiguito, ni capricho, ni una puta leche.
Si vuelvo, que lo dudo, le parto la cara al hijo…
Pero ¿Alice? Y cuelga la tía, será cabrona.

Fotografía de Jordi Salewski Pascual

Y de premio, Formentera

Durante muchos años, Peter y Alice hicieron
un pacto. Si la temporada les salía bien
de dinero, se regalaban un viaje a Formentera.
Una promesa dulce que cumplían a rajatabla,
pues tenían mitificada a la islita vecina,
y no eran los únicos, como un sueño a tu alcance;
el último, inviolado, paraíso mediterráneo.

Así, la tradición era alquilar por una semana
a unos payeses una casita en la playa de Mitjorn
a mediados de octubre. Un lujo sibarita
de ocio natural que disfrutaban como críos:
largas sesiones de baño, si el tiempo acompañaba;
veladas fumadas y bebidas en la Fonda Pepe;
corretear en moto por todos los rincones
haciendo fotos e inventándose historias locas
de robinsones de otras épocas; y amándose
en los parajes más hermosos que encontraban.

Tenían la esperanza, confundida en deseo,
de que frente al ejemplo destructor de Ibiza,
que año tras año, tal termita insaciable,
iba devorando en cemento costa tras costa,
Formentera escarmentaría en su cabeza avara
y apostaría por un modelo más limitado.
Un vano e ingenuo anhelo. La codicia letal
y la envidia contagiaron hasta a sus piedras.

La última vez que fueron fue en el 98.
Con tristeza, decidieron que el gasto no valía ya la pena.
El éxito turístico, con los tifosis italianos
por bandera, estaba siendo a su frágil entorno
el caballo de Atila. Y no querían ser testigos
impotentes de la degradación de su refugio
favorito. La mejor Formentera, se decían,
la tenían guardada ellos con celo en su memoria.
La otra era un negocio sucio y feo en alza,
demasiado a la par con el de la sufrida Ibiza.

Fotografía de Alejandro Marí Escalera

Vuelvo, pero no regreso

Aún aguantó Peter un largo mes más
antes de tomar la decisión de volver.
Un mes que se le fue sin darse cuenta
dándole vueltas en la cabeza a un nudo
atravesado en la garganta. La mato, vuelvo
y la mato; de mí no se ríe ni Alice ni nadie.
Se decía entre pinta y pinta, perdido y loco
de unos celos que le irritaban por absurdos.

Absurdos y desfasados, como con sorna le decía
su hermano George cuando regresaba a casa
dando bandazos y tropezando con los muebles.
Señor, señor; lo que hay que ver a estas alturas
de los años. Sigues reaccionando en amores
como lo hacías de adolescente. Lo mismo.
La de disgustos y rabietas que habré tenido
que aguantarte. Me rejuveneces, querido.

Desde luego, a ratos él también se sentía ridículo
por tomarse tan a pecho la traición de Alice,
como llamaba al caso en las horas nocturnas,
cuando escupía su rabia en las notas temblonas
que escribía en su cuaderno negro de apuntes.
No puede ser, Peter, un poco de dignidad;
rumiaba entonces para sus adentros.
Lo mejor es volver, sí, pero con la cabeza fría.
Vender el piso, hablar, repartirnos las cosas
y cada uno que siga como pueda su camino.

Decidido, pues, se dijo una mañana mirándose
al espejo. Ahora mismo voy a comprar el billete.
¿La llamo entonces o mejor le doy la sorpresa?
Prefirió lo primero; habrá menos riesgo (sonreía,
más calmado) de cometer un crimen pasional.
Pero la llamaría un día antes, y le pediría
que no viniera al aeropuerto. Se encontrarían
en el terreno neutral de la cafetería Montesol.

Fotografía de Jordi Salewski Pascual

No perdamos las maneras

Peter: No he olvidado pasar por Harrods para
comprarte tu té favorito. La tradición
es la tradición. Entonces, lo tenemos claro,
la mejor solución sería vender el piso
y alquilar cada uno un pequeño apartamento.
No acabo de encontrarme a gusto en Londres
y quiero probar cómo me sienta Ibiza en soledad.

Alice: Nada que objetar, si lo tienes decidido.
No sé si lo aguantarás; tengo dudas razonables
sobre tu capacidad de independencia, pero
la única forma de saberlo es probando.
Aunque tenemos que respetar algunas reglas
de comportamiento: un régimen de visitas
que no sea en nuestras casas; sinceridad mutua
en los sentimientos; y no contar con el otro
en cómo buscarse la vida. Además, si quieres,
nos damos un plazo y hacemos balance luego.

Peter: De acuerdo, sí; acepto el trato, parece
una solución civilizada. En cuanto a los celos,
no temas, creo que ya los voy encajando mejor.
He pensado mucho sobre el tema y me veo capaz
de superar mi egoísmo infantil, como dices tú.
¿Sabes, Alice? No es resignación, pero intuyo
que una buena amistad también es amor;
y más libre, pues no está sujeto al chantaje
de la dependencia, tan humillante al fin.

Alice: Uhmm, me dejas perpleja, querido.
Estoy encantada con tu propósito de enmienda.
Y yo que temía una escena de marido cornudo…
No sabes la alegría que me das; pero condicionada.
La dejo en suspenso de momento; sólo el tiempo
te dará o quitará la razón, cuando los hechos
confirmen tus sensatas e imprevistas palabras.
Por ejemplo, ¿serías capaz de ir a cenar mañana
conmigo, Gustav y una amiga suya italiana?

Fotografía de Alejandro Marí Escalera

Aquella noche el mar no tuvo sueño

La playa de Benirràs guarda latidos roncos
como puños, golpes de libertad enamorada
del aire que suena y resuena cómplice
por el eco de unas manos en otras manos.
Una pulsión que crece rítmica y alada
desde la tersa piel que vibra y vibra
con caricias, cadencias y amaneceres rojos.

Nits de Sant Joan, que tanto tienen como dan.
El solsticio telúrico de la noche más corta
que se enreda en el fuego de la carne y la brasa
que te abrasa si pierdes pie, si tu canción
no da la nota acorde con la vida alta.
Nits de Sant Joan, que tal vienen se van;
dejando cuerpos olvidados en la arena,
un lucero del alba acribillado a besos
y las risas de humo entre los dedos rotos.

Como sus lunas llenas de aquellos veranos
olvidando Vietnan y sus apocalypsis now.
USA te usa y abusa, compañero del alma,
compañero, old chap de las praderas.
We shall overcome one day; y el temblor
de una fraternidad que daba escalofríos.
Las miradas, del cielo al suelo, buscando
ganchos tiernos donde colgarlas cerca;
y lunas blancas, ardores multiplicados.

Nits de Sant Joan, plenilunios de estío,
a Benirràs no volverás. Otro punto final.
Lo asesinamos entre todos, sin quitarnos siquiera
las flores del pelo largo ni la sonrisa lsd.
Otro refugio menos, dijo Alice bailando
aquella noche última. Otra venganza más,
contestó Peter abrazado a aquel rubio desertor
que no paraba de llorar en su hombro tostado.
Y la isla se durmió soñando en fuegos de artificio.

Fotografía de Jordi Salewski Pascual

Qui non labora, no fa l’amore

A Peter le hacia gracia la picardía
de Beatrice. Mientras ponían el puesto
en el Passeig de ses Fonts, siempre cantaba
esa vieja canción de Celentano que su madre
le había enseñado. Era su chantaje íntimo,
su promesa condicionada para el placer nocturno
que le portaba al éxtasis de un berraco adolescente.

Llevaba un mes viviendo con la italiana
amiga de Gustav, cerca de San Antonio,
y su vida había dado un vuelco imprevisible.
No le importaba el estilo del turismo hortera
del pueblo, que antes no podía soportar,
ni el ritmo agotador que la lozana moza
imprimía al día laboral y a la noche erótica.
Su vehemencia, su alegría contagiosa y loca
le habían abducido, saltando por encima
de los treinta años que les separaban.

Apenas veía a Alice, quien al vender el piso
se había ido a vivir, provisionalmente, con una amiga
hasta que pasase el verano. Ya encontraría luego
algún apartamento pequeño para ella sola.
Tenía un sentimiento ambiguo respecto a Peter.
No le creía sincero en esa pasión arrebatada
que sentía por Beatrice desde aquella cena
con Gustav y ella, pero a la vez se veía liberada
algo del peso de su sombra y posibles reproches.

Aquel fue un verano raro. Peter vampirizando
el gozo de vivir de la italiana, su canto del cisne;
y Alice, manteniendo a raya a Gustav, que
insistía en que fuera a vivir a su casa con él.
Lo que acabó de poner la guinda del pastel
del singular y extraño cruce de caminos
fue una llamada de Peter a final de septiembre:
Beatrice estaba embarazada y no sabía qué hacer.
Ella quería abortar, pero él no lo tenía claro.

Fotografía de Alejandro Marí Escalera

Por ti contaría la arena del mar

Alice: Vivir para ver, querido; no dirás que no.
¿Cómo quieres que lo tome, con o sin gas?
Si es que dejas poco margen a la imaginación,
la verdad. La cosa y el caso se resumen así:
a los sesenta años, colado hasta las cachas,
quieres ser padre con un loca de treinta
que no está por la labor de dar un hijo a nadie.

Peter: Bonito título, aunque un poco largo,
para una película de Almodóvar, desde luego.
Vale, Alice, merezco tu ironía; seguro.
Pero lo que quiero es que me ayudes a convencerla
de que no aborte. La tía está decidida y no
quiere ya ni oírme hablar más del tema.
Tiene cita la semana que viene. Si no fuera
tan burra… Y claro que nuestro amor va en serio,
aunque sabes que tú siempre serás la titular.

Alice: Honor que me haces, si pudiera creerte;
pero mi cinismo no es tan sofisticado como
el tuyo. Ni titular ni suplente en tu corazón.
Guárdate tus cursiladas de viejo verde
para esa amante histérica que te has buscado.
¿Convencerla yo de que no haga lo único sensato
que he oído de ella? Un niño no es un perrito
para que te haga compañía en la vejez, Peter.

Peter: No hables así, por favor. Eres la única
persona a la que puedo recurrir. Quiero a ese hijo
y Bea lo querrá también cuando lo tenga.
Sólo que está asustada; y la comprendo, claro.
Es una locura para ella, y para mí, para los dos,
hacer frente ahora a una responsabilidad así.
Pero es la última oportunidad que el destino
me envía para que deje de jugar al Peter Pan.
¿No es eso lo que siempre me estabas pidiendo?
Y te juro que será tan hijo mío como tuyo.

Fotografía de Jordi Salewski Pascual

De camino a Ítaca

A partir de los 60, cuando los hippies
la pusieron de moda en todo el mundo,
tenía sentido que Ibiza atrajese tanto
a libertarios, intelectuales y excéntricos
de toda laya y condición; pero lo curioso
y sorprendente era la atracción insólita
que la isla despertó en esos viajeros artistas
que caían por aquí cuando sólo era un punto olvidado
en el mapa, dormida en un sueño de siglos.

Comprensible, acaso, en el archiduque austríaco
Luis Salvador, quien se encaprichó etnológicamente
con Die Balearen, como tituló al volumen
de sus estudios sociológicos y naturalistas
del archipiélago. El ocioso y romántico aristócrata
era un ilustrado que en su barco de lujo vagaba
por el Mediterráneo con afán antropológico,
huyendo de la decadente corte que le asfixiaba.

Pero Walter Benjamín, Paul Elliot, Alberti,
los del Grupo Ibiza 59, y tantos y tantas,
¿qué encontraban y qué les retenía en Ibiza?
Sin duda, algo más que el buen clima y los precios;
algo más que el síndrome del buen salvaje
rouseauniano hastiado de una civilización
que giraba hacia dictaduras de mucho susto.
¿La Ítaca presentida del viaje interior
hacia la inocencia? Supongamos ese norte rebelde.

A Peter y Alice les gustaba especular a menudo
sobre los motivos que aquellos ilustres predecesores
habrían hallado para quemar aquí sus naves.
Les daba confianza en que su elección de vida
era solvente por el crédito de espíritus tan altos.
Pero hasta en los paraísos más puros y vírgenes
se esconde la serpiente que espera la ocasión
para untar su veneno en los bellos durmientes.
Así, nuestra pareja, con la balanza a favor de Peter,
despertaron un día y se avergonzaron de su desnudez.

Fotografía de Alejandro Marí Escalera

Consideraciones previas

El embarazo de Beatrice tenía a Peter en un sinvivir.
Cada día le daba vueltas y más vueltas para ver
y sopesar todos los aspectos posibles del caso.
Sí, la cosa acojonaba; Alice tenía razón. Pero
por encima de todos los miedos, relucía una
esperanza ilusionada que los borraba de un plumazo.
Un hijo, mi hijo, joder. Tengo todo el derecho
a tenerlo, y esa tía no se va a salir con la suya.

Pero la madre en camino seguía en sus trece:
No entra en mis planes, tío; ¿a dónde voy yo
con una criatura? Y que ya me estoy cansando
de esta isla y de ti. Empiezo a aburrirme
de esta forma de vida, tan repetida al fin.
Necesito abrirme, y no se vuela en libertad
con un crío tirándote de la falda. Que no,
Peter, que no funcionaría. Búscate a otra.

Desesperado, y por probar todas las puertas,
llamó a Gustav. No le guardaba ya rencor
por liarse con Alice y no parecía mal tipo.
Le sorprendió que quisiera tener un hijo
con su amiga Bea, de la que fue amante
cuando llegó a Ibiza, haría unos tres años.
La peor madre que podrías echarte a la cara,
desde luego. Pero allá tú. Lo único que puedo hacer
es intentar hablar con ella; pero mejor ir con Alice.

No sé qué trato llegaron a hacer con la italiana,
nunca me lo contaron; lo único bien cierto
es que no abortó. Poco antes de Navidad
la vi con Peter pasear por Vara de Rey
con una barriga más que evidente. Me acerqué
y les di la enhorabuena, algo perplejo.
Gracias, Julio, pero no es exactamente lo que crees;
ya te contaré. Y se fueron, serios, hacia el puerto
sin que ella abriera la boca ni para saludar.

Fotografía de Jordi Salewski Pascual

O entre los tres nos organizamos

Peter: Uff, qué complicada puede resultar la vida
cuando va en serio. Ahora que parece resuelto
el problema clave, empiezo a ver la dimensión
real del asunto, y no las tengo todas conmigo.
Ya sé que me he metido en un buen lío
y que te debo mucho. Sin ti no hubiera sido
posible convencer a Bea. Quiero que sepas, Alice,
que siempre te estaré agradecido por ello.

Alice: Más te vale, desde luego, porque tampoco yo
lo tengo claro. No sé por qué me he dejado arrastrar
por tu entusiasmo sin sopesar bien el riesgo.
Me temo que ninguno de los dos estamos preparados
para criar un niño, y me parece algo tarde
empezar a los sesenta. En fin, aprenderemos
sobre la marcha, qué remedio. Sólo espero,
Peter, que no te arrepientas y me dejes colgada.

Peter: ¿Cómo puedes llegar a pensar algo así de mí?
Calla, no contestes. Te salen los argumentos por los ojos
y sé que no podría rebatirlos. Sólo te pido, Alice,
que me des un voto de confianza; el último.
Lo necesito. Será un poco como empezar de cero.
Vale, somos mayores, pero eso tiene también ventajas.
Evitaremos errores de principiante. Será como un hijo
con dos madres; una experiencia estimulante.

Alice: Un hijo con dos madres, pero una de alquiler
y con un contrato firmado que no le compromete
más allá del parto. Menos mal que Gustav aportó
esa cláusula de revisión a los cinco años. Al menos
así tendremos un margen para que la paternidad
se consolide; aunque me sigue pareciendo extraño
que el notario aceptase un pacto de responsabilidad
tan atípico: Si al final del plazo te ves sin fuerzas,
será Gustav el padre, tú el abuelo, yo lo que quiera
y Bea la madre; si para entonces sienta la cabeza.
Menuda alianza de generaciones nos hemos montado.

Fotografía de Alejandro Marí Escalera

Como la falsa moneda

Entre la galería de personajes singulares
que Alice y Peter conocieron en la isla blanca,
como la llamaría Rosiñol, otro de los viajeros
artistas que se quedó prendado de ella, figura
Elmyr d’Hory. ¿Sería este su nombre auténtico?
Vete a saber la verdad en un tipo que hizo
del fraude el centro de gravedad de su vida.

Le conocieron a finales de los 70, en una fiesta
que dio en La Falaise, su hermosa residencia
por Los Molinos. Como en tantas otras veces,
su única invitación fueron sus caras bonitas;
literalmente. Y la de Peter sobre todo, muy
muy celebrada por el pintor, tan sensible
y receptivo él a la mejor belleza masculina.
Hablando de Picasso, le arrinconó un buen rato
mientras se lo comía con los ojos y le toqueteaba.

Vino a rescatarle su secretario, un joven rubio
y lampiño de foulard al cuello y mirada lánguida.
Igual temía perder su cómodo puesto de trabajo.
Le dijo a Alice, encantada con el éxito de su chico,
que Elmyr se ufanaba de que ni los propios
autores distinguían sus falsificaciones, pues
no copiaba, pintaba a la manera de, como bien
reflejó Orson Welles en su ilusionista Fake?

No siempre con Alice, menos bienvenida,
Peter frecuentó la casona exquisita varios años.
Eran fiestas gloriosas, la verdad, y Elmyr no se pasó
nunca de la raya; aunque las otras rayas sí
que abundaban. Y los tipos oscuros del negocio
del arte a los que había hecho ganar tanto dinero.
Esos que luego le dejaron tirado cuando saltó
el escándalo. Tenía pánico de la extradición
a Francia, donde –decía- le matarían en cuanto
pisara la cárcel. Prefirió, pues, el suicidio
y quedarse en Ibiza. Finalmente, era un caballero.

Fotografía de Jordi Salewski Pascual

No estamos locos

Julio se quedó perplejo y escandalizado
ante el delirante pacto acordado entre los cuatro
protagonistas de la historia. Algo tan insólito
como que un notario aceptase unas condiciones
semejantes para asumir la paternidad del niño,
rechazado por una banda y querido por las otras tres,
sólo podía pasar en Ibiza, una isla singular
con una esquizofrenia social de ver para creer.

Y es que aquí conviven sin asombro ni quejas
la tradición moral católica más convencional
con movimientos libertarios de un humanismo
progresista que ponen en solfa las normas familiares.
Dos mundos paralelos, indiferentes el uno hacia el otro
mientras no interfieran en sus intereses acotados.
Caso contrario, el forastero tiene las de perder;
y entonces, más le vale esconder sus principios
o abrirse hacia horizontes allende sus orillas.

Cuando Alice, a quien Julio estimaba sensata
dentro de márgenes flexibles, le pidió su opinión,
no supo muy bien a qué carta quedarse.
Le intentó hacer ver los riesgos de una solución
tan frágil y sujeta a unos imponderables
que, fácilmente, se les podía ir de las manos.
Un niño crea lazos y dependencias sólidas
que igual les enfrentaba en una guerra sin cuartel.

Lo sé, querido, y no paro de darle vueltas a la cosa;
pero Peter se cierra en banda a cualquier duda
que le despierte de su sueño; Beatriz no concibe
que llegue a tomar cariño a ese ser que le crece dentro
y sólo piensa en volver a ser libre; Gustav, el pobre,
me quiere tanto, que acepta todo lo que yo diga;
y por mi parte, lo que más me preocupa es el niño,
Tommy, que estará aquí en dos meses escasos.
El panorama, pues –precisó Alice sonriendo-,
es para no dormir. Por cierto, Julio, ¿no te apetecería
ser padre de recambio? Ya puestos, eres una carta
más solvente que cuatro guiris desquiciados.

Fotografía de Alejandro Marí Escalera

God bless the child

Alice: Lo tuyo sí que es una metamorfosis
de libro, y no la de Kafka. Estás desconocido,
querido, desde que eres padre y muy señor tuyo.
Un espectáculo algo chocante, perdona que te recuerde;
porque te veo más y mejor de abuelo de la criatura.
Pero lo que ya me parece el colmo es ese empeño
en bautizarla con todas las de la ley. Tú,
un ateo irredento. Qué miedo me dan los conversos.

Peter: Ya estamos; enfunda el arma, por favor;
no estoy de humor para tus ironías. Además,
la idea del bautizo no es mía, sino de Bea,
que no puede evitar el ramalazo vaticanista,
como toda italiana que se precie. Igual defiende
el aborto sin remordimientos, que se inviste
del dogma más cerril. A mí me da lo mismo,
sólo quería pedirte que fueras la madrina.

Alice: ¿Qué? Oye, Peter, ya está bien la cosa;
mi paciencia también tiene límites. No creas
que voy a tragar con todas las extravagancias
de una madre tarada y un padre de pecho.
Soy alérgica a las iglesias, sobre todo católicas,
y no puedo prestarme a semejante pantomima
ridícula. Buscaros otra víctima propicia.
El único bautizo que exijo es de responsabilidad,
algo que está en la tierra y no en el cielo.

Peter: Vale, vale, tranquila; no te pongas tan digna,
que no es tan grave la cosa. Ya encontraremos a otra,
o intentaré convencerla de que lo dejemos
para cuando Tommy tenga algo de uso de razón.
Sí, si llega a tenerlo con unos padres tan así;
no me lo repitas más. Pero antes de que se me olvide,
tenemos que hacer cuentas de la venta del piso.
No te metería prisa si no fuera porque los gastos
me han subido mucho. No sabes lo que se lleva
un crío sólo en pañales. Seguro que lo entiendes.

Fotografía de Jordi Salewski Pascual

Get Up, Stand Up

Entre las viñetas históricas que Alice y Peter
guardaban como oro en paño en su memoria,
destaca con un aura especial el gran concierto
que Bob Marley and The Wailers ofrecieron
el verano del 78 en la derruida plaza de toros.
Un espectáculo que marcó un hito en los anales
hippies de la isla y que nunca olvidaron
los afortunados que abarrotaron el coso taurino.

Fue la única actuación que ofreció en España
el rey del reggae, poco antes de que sufriera
el cáncer que acabó con su vida. Justo cuando
sus canciones, con trasfondo religioso y político,
copaban las listas de éxitos de medio mundo.
Temas que se hicieron himnos de una generación
desencantada con el capitalismo depredador
que dictaba las normas de una nueva libertad.

Nuestra pareja, como la mayoría de los devotos
que acudieron a la cita con el gran Bob,
iban bien provistos de hachís y marihuana,
más ilegales entonces que lo son actualmente.
Pero, en un gesto de tolerancia insólito,
la policía hizo la vista gorda; y los humos
felices y catalizadores de un solidaridad
armónica y sensual formaban una nube
que aglutinaba el ritmo lánguido de tantos
cuerpos sudorosos, apretados y libérrimos.

Y así, una corriente de buen rollo general
fluía, dulce, entre el escenario y el público.
Catarsis colectiva que Peter y Alice vivieron
como el cenit de su enganche mutuo con Ibiza.
Una referencia sentimental a la que retornaban
a menudo, cuando los ánimos decaían,
oyendo los grandes éxitos del gurú jamaicano.
Terapia que siempre funcionaba como un reloj,
dejando en sus miradas un halo de nostalgia.

Fotografía de Alejandro Marí Escalera

Quo Vadis, Ibiza

Cualquier destino es un cruce entre azar y necesidad.
En esta isla, el azar tuvo que ver con nombres propios
que difundieron a los cuatro vientos globales
la bondad de su clima, el carácter receptivo
de su gente y el empuje del turismo de masas.
Cóctel combinado con la ambición de unos pocos
y la necesidad de buscarse la vida de muchos.
Registrada la marca, la buena suerte está echada.

Un caldo de cultivo propicio para que florecieran
frutos personales como los de los personajes
singulares que representan aquí Alice y Peter.
Simbólicos ellos en su talante de arquetipos;
reales o no, según la pauta de vida que busquemos,
su caso es una suma de casos que podría nombrar
y de otros que me dictó este capricho narrativo
de dar vuelo a voces íntimas dispares y encontradas.
Hay tanta gente dentro de cada hijo de vecino fuera…

Con ellos dos hemos hecho un viaje literario
que habrá de acabar pronto. Sin moraleja moralista,
ni conclusiones, ni aviso para nuevos navegantes.
Nadie aprende ni escarmienta en cabezas ajenas,
por lo que puedo hacer lo que más me apetezca
con el ingenuo Peter y la lúcida y generosa Alice:
dejarles varados en la cuneta de los años
mientras que Tommy, Beatrice y Gustav se abren
a horizontes alternos, o darles fuero para que sean ellos
quienes pongan el punto final del apaga y vámonos.

Es tentador matar a alguno, pues siempre la muerte
obliga a abrir caminos cuando nos cierra otros.
Una solución en la que Peter tendría mucha papeletas.
O saltar veinte años para ver si el futuro de Ibiza
(imaginando) sonríe o no a nuestras cinco piezas
puestas sobre el tablero. O si el amor mal digerido
les ha precipitado al fin a algún abismo íntimo.
Mucho poder presumo sobre mis criaturas.
Veremos qué duda tiene la última palabra.

Fotografía de Jordi Salewski Pascual

Abuelita, dime tú

Peter: Perdona que te moleste otra vez, Alice;
¿podrías pasar a recoger a Tommy de la guardería?
Tengo que terminar el pedido de los bolsos
y voy muy justo de tiempo. Bea no regresa
de Italia hasta el domingo, y a este paso me temo
que me pillará el toro de nuevo con la entrega.
Ejem, y aunque fuera abusar, lo mejor sería
que te quedases el niño toda la semana.

Alice: Qué cara más dura que tienes, querido.
Yo también tengo trabajo, y resulta agotador
ocuparse al completo de un niño de dos años.
Y no vengas más con lo del cariño que me tiene
y que soy la única que le atiende en condiciones.
Eso es un chantaje emocional en toda la regla.
Hasta Gustav me reprocha mi falta de carácter
para pararte los pies. Si tu Bea pasa de todo,
es cosa tuya, que no sabes ni meterla en cintura.

Peter: Tienes toda la razón, la tía esta me desquicia
cada vez más. Hasta Tommy le tiene ya manía
y no quiere ni que le vista. Bien arrepentido estoy
de este simulacro desastroso de familia normal.
Y casi a punto de tirar la toalla y mandarla a la mierda
de una puta vez. Que se quede en su querida tierra
y que deje de amargarnos la vida a los dos.
Así no podemos seguir; en cuanto vuelva
la voy a poner de patitas en la calle. Seguro.

Alice: Ay, señor, señor; mira que eres liante,
y qué bien sabes desarmar mis escasas defensas.
Sí, yo también me pongo mala cuando el niño cuenta
que hasta le pega si no come. La muy hija de puta.
Pues nada, otro disgusto para Gustav, que tendrá
que dormir solo otra semana, pues a Tommy le encanta
mi cama y que le diga cuentos mientras se queda frito.
Pero es un angelito tan adorable; y se parece tanto a ti…
En absoluto se diría hijo de la loca esa. Así que
me lo quedo, sí; aunque ya te ajustaré las cuentas.

Fotografía de Alejandro Marí Escalera

Music was my first love

Peter y Alice llegaron a Ibiza algo después
del tiempo cuando Bob Dylan pasó un mes
en Formentera componiendo las canciones
de aquel disco curioso y monográfico,
John Wesley Harding. Días en los que era
fácil encontrar al juglar yanky jugando al ajedrez
en la Fonda Pepe con un profesor de música
clásica, Pío Tur. Menuda pareja singular.

Una época en la que en Ibiza tampoco faltaba gente
de primera fila en el ranking musical juvenil;
como Pink Floyd, que hicieron aquí la banda sonora
de ‘More’; o Cat Stevens, Jimmy Page, Robert Plant…
Figuras que pasaban desapercibidas en una isla
donde los famosos no eran molestados por nadie
en los bares del puerto ni en las playas espléndidas
y vírgenes de chiringuitos y otros negocios.
Entonces, en Ibiza nadie era más que nadie.

Anonimato feliz que se extendió hasta los 80.
Por ejemplo, Julio les contaba que cuando Nico,
la cantante de la Velvet Underground, murió
en Vila por un accidente estúpido de bicicleta,
nadie supo quién era hasta que la noticia
saltó al mundo. El poeta recordaba con emoción
la entrevista que hizo en Radio Diario a su hijo,
Anthony Delon, para ver si encontraba al taxista
que llevó a su madre al hospital. Y hasta llamó
el buen hombre para gozo y sorpresa de todos.

Nada que ver con el agobio de tanto paparazzi
a la caza de carnaza de revista que desde los 90
invade el verano ibicenco. Una falta de respeto
que comenzó por el tiempo en el que Alice mandó
a la mierda a uno que acosaba a Freddy Mercury
mientras ella le daba un masaje en el Chiringay
de es Cavallet. Poco meses después, el cantante
de Queen murió de sida; un golpe terrible, sí,
que marcó el final de la edad de la inocencia.

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Fotografía de Jordi Salewski Pascual

Volver con el alma marchita

Por causa de una aceleración rocambolesca, las cosas se precipitaron en cuestión de un mes.
Efectivamente, Peter cortó con Bea en cuanto volvió de Italia; y resultó más fácil de lo esperado.
Se había liado con un chico de su Toscana natal y se sintió aliviada al poder dejar Ibiza sin remordimientos; renunciando a la maternidad a favor de Alice por una suma razonable.

Peter tuvo un accidente de moto y se partió una pierna; razón por la cual dejó el apartamento de Playa d’en Bossa y se mudó al piso grande que Alice alquiló en la Plaza Parque gracias a la generosidad de Gustav, que lo había heredado por sorpresa de un vieja tía suya, hippy, que murió en Alemania. Allí se instalaron los dos con Tommy, dejando a Gustav la habitación de invitados.

Fue Alice quien, con su evidente autoridad moral, decidió las normas de convivencia de la casa:
ella dormiría en una habitación con el niño, a quien puso una camita junto a la suya; Gustav y Peter tendrían un cuarto para cada uno, y sería ella quien les visitaría si le venía de gusto. La relación sería abierta con los dos y ninguno tendría derecho a tener celos del otro.
Si no lo aguantaban, la puerta estaba abierta.

Para el tema intendencia, contrataron a una chica uruguaya, María, que venía tres veces por semana.
Cada cual siguió con su trabajo: Peter, el cuero y sus dibujos; Gustav, chapuzas inmobiliarias, y Alice, diseños ad-lib en invierno y masajes en verano. Una familia singular, desde luego, pero que no llamaba demasiado la atención en la isla que frecuentaban; sólo alguna ironía del amigo Julio, quien iba a menudo a verles; sobre todo para hablar con Gustav y leerle las cosas que iba escribiendo sobre Alice y Peter.

Volver con el alma marchita Alejandro      Marí Escalera

Fotografía de Alejandro Marí Escalera

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