Uno de los míos

No sé si tienes cara de buena persona. Lo único que me cuenta tu perfil es que tienes la piel hidratada y que te has afeitado esta misma mañana. Seguramente utilizas una crema nutritiva de buena marca, lo deduzco por su perfume, y un contorno de ojos antiarrugas.
Te has girado para hablar conmigo y tu voz suena grave pero tenue, como si naciera muy adentro de tu pecho y perdiera fuerza en su peregrinaje al exterior. Eres simpático, eso sí, y no sabes lo que agradezco la calidez de los extraños, tu gesto amable, gratuito y volátil, nacido de la espontaneidad.
Has retorcido las manos con crispación y el zumbido acallado que han emitido me cuenta que son suaves. Las mías también, aunque quizá no hayas reparado en ello. Si me las tocaras notarías los beneficios que depara utilizar durante años una crema rica en urea y con factor solar alto. Ni un solo padastro, ni una uña más larga que la otra. Mis manos son simétricas y perfectas, un instrumento de trabajo impecable.
Me hubiera gustado que fuésemos amigos, cada vez estoy más convencido. Además de compartir el gusto por la pulcritud con la higiene personal, déjame decirte que vistes con una elegancia admirable: un traje gris antracita de tejido natural combinado con una camisa negra de algodón. Por el patrón se nota que es de marca, y no te imaginas la satisfacción que me produce que rechaces, como yo, los tejidos sintéticos. Son vulgares y toscos, nada distinguidos. En cambio, el delicado roce del lino contra las piernas, o el contacto fresco y airado de la seda en los brazos… El hedonismo es un arte reservado a la élite, no seamos modestos.
Tu voz me saca de mis pensamientos y me llega como un eco surgido de una caverna. Me cuentas que no sabes qué haces aquí, que uno de tus empleados se ha suicidado, que estás tan consternado como cualquiera de sus conocidos, pero que a ti te ha tocado la peor parte, porque estás obligado a mantener el tipo y a soportar largas horas de burocracia. La mujer de la limpieza encontró su cuerpo inerte en el baño y, según los indicios, todo indica a una intoxicación con fármacos. En este momento interrumpiste tu soliloquio:
- ¿Y usted? ¿Qué le trae a esta comisaría?
Estás a punto de descubrir que me encanta degollar a gente tan perfecta como tú.

Escrito por Rebecca Beltrán. Ilustrado por Ricard Bofill.

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