Las mañanas de Sofía

Como todas las mañanas, Sofía coloca las tazas en fila para llenarlas de leche en menos de treinta segundos. Tostadas, mantequilla y zumo de naranja natural para tres. Para ella no se hace; nunca le da tiempo de tomárselo.
Como todas las mañanas, se mete bajo el chorro de la ducha mientras termina de cepillarse los dientes. Una tregua húmeda de cinco minutos, un minuto y medio de secado. Los vaqueros de siempre y una camisa limpia. No hay tiempo para los detalles, ellos la esperan y un cambio en su horario podría desestabilizar su ying y
yang, o incluso hacer que llegaran tarde.
Como todas las mañanas, ruta por las habitaciones para recoger la ropa sucia. Una montaña de ropa blanca y otra de ropa de color. ¿Por qué no agruparla por “ropa sucia” y “ropa muy sucia”? En fin, preguntas absurdas que provoca el sueño que lleva todavía colgado de los párpados. La lavadora engulle la masa informe de tejidos y la magia de un botón hará que salga limpia.
Como todas las mañanas, comienza el ritual de los bocadillos y las fiambreras. El empanado de las pechugas crepita mientras frota un tomate en el pan. Aceite, sal y algo para rellenar. Y todo se viste de papel de plata, como si fuera comida para astronautas, y jamás recibe noticias de vuelta, como un qué rico, mamá o las albóndigas te han salido buenísimas. Cocinar bien o mal, qué más da, lo importante es que haya algo que llevarse al gaznate a las horas estipuladas para la nutrición.
Como todas las mañanas, recoge los vestigios del desayuno y los sumerge en agua jabonosa. Quién fuera taza para gozar de este suntuoso baño de espuma. Mientras tanto, preguntas que le impiden pensar en nada más. ¿Dónde está mi libro de lengua? ¿Y mi móvil? ¿Está limpio mi chándal? Sí, no, sí… Yo qué sé.
Como todas las mañanas, rápido al coche. Como si se tratara de una repartidora de humanos a domicilio, primero deja al niño en el colegio y a la niña en el instituto. Ni un beso ni un hasta luego, mamá. No hay tiempo, nunca hay tiempo. Pero sí lo hay para pelearse por la emisora que ha de sonar en la radio o para gritarle al oído que alguien llega tarde. El último, él, el marido, que ha permanecido todo el viaje dormido, apoyado en su ventanilla. Hemos llegado. Vale, ya bajo. Y esta es la forma de despedirse. Un golpe seco de la puerta al cerrarse y metemos de nuevo la primera.
Como todas las mañanas, pone rumbo a casa, donde le esperan las innumerables labores del ama de casa. Limpiar, fregar, planchar, cocinar… Todos verbos de la primera conjugación y de primera necesidad para que se mantenga su hogar en pie. ¿Alguien habrá reparado alguna vez en quién se encarga de todo esto?
Como jamás antes, ninguna mañana, se había atrevido, al llegar a la puerta del garaje pisa a fondo el acelerador, como si quisiera llegar con su suela al asfalto. Primera violación del reglamento del día a día, y sólo acaba de empezar. Sofía vuela por la carretera que sale de la ciudad y sólo piensa en una cosa. Ojalá se hayan llevado llaves de casa, porque cuando regresen ella ya no estará.

Escrito por Rebecca Beltrán. Ilustrado por Ricard Bofill.

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