Respiras. Y de tu boca nace un nuevo aire que te ha traspasado y no puede librarse de tu recuerdo. Ese aliento viaja hasta el alféizar de tu ventana y se monta en la panza glaseada de una gaviota. Tu exhalación se agarra a sus plumas espesas hasta llegar al puerto, donde desciende para refrescar la frente de un marinero que suspira por alguna de sus amantes, la que moja su cama o la que moja sus manos.
Sigue viajando tu suspiro mar adentro y se aloja en un faro al resguardo de los cantos del veneno. Entra por una rendija y se sumerge en las páginas de un libro cualquiera que acumula horas sobre una mesa, para salir embebido del moho del abandono. Bastante más triste que cuando partió de tus labios, ese aire se abandona y se desmaya hasta el mar, donde la escarcha de las olas lo acercan con sus caricias a la orilla de una playa de invierno, solitaria y majestuosa.
Una nube de arena se levanta y con ella tu hálito se estira y se encorva para seguir la danza de las dunas. Enredado en la rama de una savina se dispone a disfrutar del reposo del paisaje, pero una lluvia afilada lo devuelve al suelo y se desliza por regueros de agua dulce, hojas y conchas, que se unen y separan a su capricho por las venas de la tierra firme. Harto de dejarse arrastrar, tu halo renuncia a la inercia líquida y asciende hasta sobrevolar las nubes de denso metal. Más y más arriba, hasta casi rozar el sol y, templado por sus rayos, se deja caer en un zig zag retardado hasta posarse sobre una húmeda azotea. Desde allí contempla a la ciudad empapada de otros vahos que observan, militantes, las ventanas hacia otras existencias de las que nunca antes tuvieron noticia.
Respiras. Y de tu boca nace un nuevo aire que te ha trapasado y al que no le puedes negar la libertad.

Escrito por Rebecca Beltrán. Ilustrado por Ricard Bofill.
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