Intenciones fortuitas

Aire. Salgo a la calle a esas horas que transcurren en tierra de nadie. Los más trabajadores se levantan, los más nocturnos todavía no se han acostado. Los bares cierran, las cafeterías abren. Las únicas horas del día (¿del día?) sin reglas establecidas, en las que puedes comer, pasear, bailar, dormir, hablar, beber.
Tengo el pelo enmarañado, la boca seca y la mente clara. Qué suerte, todavía no se clava el sol en los ojos y todo se ve tan nítido. Tanto como tú anoche mientras huías del que iba a ser nuestro último bar. Me miraste, me fijé, y cuando crucé la puerta todavía seguías allí. Qué sencillo es hablar sin palabras cuando el sonido de fondo las acalla. Deberíamos impedirnos a nosotros mismos las conversaciones falaces y entregarnos a la gramática gestual: una mirada predicada y un roce sujeto. Algún pie de página rápido en estilo directo y ya está todo dicho.
No nos pusimos en antecedentes porque siempre se tienen demasiados. Tú no sabes que no me gusta el picante ni las mariposas, ni que casi termino una carrera, ni que de pequeña tenía muy buena puntería. A mí no me interesó si últimamente te han subido el alquiler, ni si te gusta hacer la siesta en la cama o en el sofá.
Nos abandonamos al calor de los extraños, al amor de microondas: rápido calentamiento y… ¡Listos! Besos enlatados, caricias prêt à porter y ninguna preocupación que emborrone la luz del instante. Al terminar la partida, como dos buenos jugadores nos despedimos con complicidad y sin presentar credenciales. Que te vaya bonito. A mí también. Que nadie se levante de su silla.
Remediaré lo de la boca seca en algún bar, todavía no sé si con el último gin-tonic o con un gran café con leche que me sirva de estufa. Pero me dejaré el pelo enredado en tu honor, en homenaje póstumo a un vivo: no lo verás, no lo sabrás, pero recibirás mi ofrenda simbólica.
Al entrar en casa él me estará esperando en el sofá. No todos los días duermo fuera de casa, y supongo que las pintas dicen todo lo que de viva voz no me apetece explicarle. Yo no quería. No sé cómo ha pasado. No tenía ninguna intención de hacerlo… Traigo prendido de la solapa un surtido de frases de celofán que él mismo me regaló hace un año.

Escrito por Rebecca Beltrán. Ilustrado por Ricard Bofill.

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