Érase una vez un reino que existía desde antes que cualquier rey, en el que gobernaba un monarca iletrado. «Pertenezco a una antigua familia del lugar y por eso me merezco esta corona». Y los súbditos, de natural pacífico, aceptaron su mandato y continuaron con sus vidas.
El rey guardaba un enorme secreto, que de ser desvelado podría hacerle perder el respeto de los habitantes de su reino: no sabía leer ni escribir. Por esta razón llamó a la corte a una de las pocas mujeres del pueblo que estaba instruída en el noble arte de las letras. Si hubiera escogido a un hombre hubiera levantado recelos, pero al ser una fémina todo el mundo pensó que la requería como doncella.
Nada más empuñar el cetro, el soberano comenzó a labrarse la ira de su nación. Lo que a lo largo de la historia había sido un territorio de paz, habitado por gentes tranquilas, se convirtió en la tierra de la desilusión. Con sus primeros edictos hizo derrumbar los hogares de algunos de los miembros más queridos del pueblo, bajo el pretexto de crear una entrada a su castillo digna de su noble linaje, tan majestuosa que pudieran otearla los cóndores que sobrevolaban su país. La escribiente mojaba la pluma en tinta lapislázuli traída de Oriente, y dejaba que sus lágrimas empaparan los papiros para dar fe de su tristeza y su impotencia ante las órdenes del tiránico rey.
«Mi señor quiere despojar al molinero de su molino. ¿De qué vivirá después de que se lo arrebaten?» La tristeza había invadido a la mujer, quien apenas podía asir la pluma sin que se le quebrara el pulso. ¿Qué podía hacer ella, una pobre sirviente, para evitar esta catástrofe? No sabía de leyes ni de cuentas, pero sí conocía la enorme debilidad de su rey analfabeto: su necedad.
«Monarca, ¿no cree usted que un rey de tan alta estirpe como vos merece que las bibliotecas contengan su historia?» Y con este ataque a la vanidad del gobernante, la escribiente le convenció para que le dictara sus memorias.
Tarde tras tarde, rey y plebeya se sentaban en el claustro del castillo para que éste le dictara sus hazañas. El monarca no se cansaba de repetir las cualidades que tan injustamente se arrogaba: su rectitud, su honradez, su generosidad, su amor por sus súbditos… Y la escribiente sonreía. «¿Provoco tu hilaridad con el relato de mi heróica existencia, pobre ignorante?» «No, mi señor, usted cuenta con el máximo de mis respetos.»
Lo que el rey ignoraba es que las letras que pasarían a la historia, las frases que definirían su reinado y que le retratarían por los siglos de los siglos como el monarca más tosco de todas las eras, salían de la pluma de la humilde escritora y no de su zafia boca.

Escrito por Rebecca Beltrán. Ilustrado por Ricard Bofill.
SU HISTORIA ME AYUDO MUCHISIMO GRACIAASS