Un buen final

Nada más cerrar la puerta, todavía con la respiración entrecortada, Jimmy vio parpadear la luz de su contestador automático. Se quitó de encima la gabardina con un golpe de hombros y dio la primera zancada hacia la cocina. Estaba seguro de a quién pertenecía la voz que le había dejado un mensaje. De la urgencia que destilarían sus palabras. En cambio, él no tenía prisa en esta ocasión.
Aclaró un vaso bajo el chorro del fregadero y con la mano aún chorreando agua sacó dos cubitos del congelador. Clank, clank, seguido del crujido del papel kraft que arropaba la botella de bourbon.
Un sorbo y otro más. No debía correr sino paladear cada segundo, con sus décimas y centésimas bañadas en la vainilla del destilado. En la cara la mueca de los triunfadores y en la mano el temblor de la adrenalina.
¿Le llamaría para darle la buena nueva o escucharía primero su mensaje? Esa decisión era lo único que le separaba de la victoria. Sabía bien que en cuanto le comunicara la noticia su vida cambiaría, y esa fama por la que había perdido tantas horas de sueño llegaría por fin para arroparlo durante el resto de noches de su vida. No había lugar para la impaciencia. Este sería el instante más eterno de su existencia y quería memorizar cada fotograma con precisión.
La persiana gillotinaba la luz que rebotaba en el sillón de sky, y Jimmy ya tenía en su mano el teléfono. Pííííííííííííííííí. Marcar o no marcar. Repasaba las teclas con el dedo mientras pensaba qué hacer. No le apetecía escuchar el mensaje, para qué ponerse de mala leche. Colgó el teléfono. Se presentaría en persona en el despacho, ante la mesa de Samuel Reckson, su editor. No le dejaría hablar, no le daría oportunidad de estropear el precioso momento. «Ya tengo el final. Ha nacido la novela.» Y cuando Sam le replicara con su típico e insípido «¿Y bien?» Jimmy no contendría la sonrisa: «El protagonista muere apuñalado.» En ese momento y no antes, deslizaría sobre la mesa el puñal ensangrentado que estaba guardando con esmero en su pañuelo.

Escrito por Rebecca Beltrán. Ilustrado por Ricard Bofill.

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