La memoria de las olas

No todos los días te hablan de una ola del mar con memoria. Al parecer, tan sólo rompe en la orilla una vez cada trescientos o cuatrocientos años, aunque el tiempo transcurrido entre una y otra ocasión tampoco sigue una cadencia fija.
Me lo dijeron en el bar, en la oficina, me habló de ella el frutero y hasta un vecino que me crucé en el tercer rellano de mi escalera, y doy fe de que no es de verbo fácil. Todo el mundo especulaba sobre el mensaje que traería, sobre las memorias que desvelaría a quienes la acompañaran en su postrero viaje hasta la orilla. Algunos habían alquilado barcas para acompañarla desde mar adentro y así poder disfrutar de sus recuerdos durante más tiempo.
Aquella noche no pude dormir. ¿Qué evocará esta ola? ¿De qué habrá sido testigo? A las dos de la mañana me planteaba si traería algún objeto que demostrara sus remembranzas. Un trozo de mástil escarchado de pátina esmeralda, los jirones de la librea de un pirata… A las cuatro me atacaron las dudas sobre si tan sólo guardaría reminiscencias de aquello que la ola había presenciado o si también guardaría en su mente las confesiones de los marineros. A las cinco y diez estaba en el coche, ávida por no perderme la cita con la gran incógnita de nuestros tiempos.
La playa estaba invadida. Los más bajitos reclamaban su lugar en las primeras filas, contra los intereses del colectivo de los más duros de oído. Se vendían camisetas, chapas e imanes para la nevera con la imagen de una simpática ola con ojos y boca sobre la fecha del día. La playa estaba rodeada de un ejército de barcos de todos los tamaños que ocupaban por completo el horizonte. La gente parloteaba sin cesar, mientras ingerían las provisiones que habían traído envueltas en su papel de plata. Un par de personas se desmayaron y los sanitarios las atendieron allí mismo; tampoco querían ausentarse de tan único evento.
Horas más tarde, cuando la gente comenzaba a perder la esperanza de que la ola esperada acudiera a morir a la costa, el mar acalló todas las voces de los presentes con una inspiración profunda y estremecedora. Las bocas se cerraron, los ojos se giraron y el pánico se cristalizó en todos los rostros. El mar se hundió. La ola acababa de nacer y ya comenzaba a rizarse en espuma blanca. Se alzó, se plegó y se deslizó sobre su cama de agua. En ese momento a todos nos poseyó un recuerdo: el terror que sintieron quienes presenciaron el crujir contra la tierra firme de la última ola con memoria que inundó nuestra isla.

Escrito por Rebecca Beltrán. Ilustrado por Ricard Bofill.

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