Al final el clero se ha salido con la suya y han retirado la exposición de S’Hospitalet. En respuesta, date el gusto de responderles y date de baja de su siniestro club.
Si te bautizaron cuando sólo tenías semanas y tu pequeño cerebrito no dio para meterte con chubasquero en la pila bautismal, si después creciste y te diste cuenta de que no tienes nada en común con la Iglesia Católica ni con los integrantes de su club de fans, aquí tienes la solución para que te borren de sus registros: la apostasía.
Apostatar significa renunciar de forma pública a la fe católica, e implica que la Iglesia, en cumplimiento de la Ley Orgánica de Protección de Datos, ha de eliminar de sus archivos todos tus datos y no puede contarte como un miembro más de su holding empresarial. Para informaros de los pasos que debéis seguir para hacer efectiva vuestra solucitud, podéis acceder a esta web: www.apostasia.es.
Y recordad que a la Iglesia le duele más el bolsillo que el corazón, así que cuando hagáis la declaración de la renta no os olvidéis de marcar la opción “ni un duro” en la casilla de donaciones a Curas S.A. Cada vez somos más los que nos negamos a subvencionar a los montses, lo demuestra la “Memoria de la Administración Tributaria” del Ministerio de Economía y Hacienda (extraído de www.apostasia.es):
Nota para los fans de mi olla y mi plumero: al contrario que la Iglesia, yo sí os dejo mostrar vuestra opinión, esté de acuerdo con ella o no, me guste o no… Un pequeño detalle que, por suerte, nos hace tremendamente diferentes.
Y monta la del pulpo por una obra de arte supuestamente pornográfica está expuesta en un lugar que ellos definen como sagrado. S’Hospitalet, en Eivissa, un recinto en el cual muchas décadas atrás se repartieron hostias a destajo, pero que hace mucho tiempo que se ha convertido en un espacio polivalente en el sentido más laico de la palabra.
Además, ¿qué se ha creído la franquicia del Vaticano en Eivissa? ¿Por qué se permiten el lujo de decirnos en la cara qué es arte y qué no? Aquellos tiempos pasaron, montses, y no fueron mejores. Qué malo es rechinar y sonar a fascista, porque el término “arte degenerado” lo inventaron los nazis, y todos sabemos que andaban justos de buenas intenciones.
Lo más curioso es que la noticia la sacó un fanzine llamado El Mundo-El Día, judicialmente célebre por ser el periódico que más condenas ha recibido en menos tiempo: altavoz del PP pitiuso y patrocinado por ellos.
Una última recomendación al clero: si queréis emprender una cruzada contra la pornografía, comenzad por vuestros propios bajos (entendiendo “bajo” como sótano… o lo que se quiera). Os muestro unas imágenes de una iglesia, exentas de photoshop y extraídas de www.rotten.com. Amén.
En esos momentos de tontería cerebral en los que quieres hacer algo que entretenga a las neuronas sin estresarlas demasiado, entra en la web de la peli de los Simpson (haz click aquí) y crea tu alter ego al estilo Matt Groening.
En la imagen os muestro a la Laura de Springfield, que aunque en persona es tremendamente más guapa, me ha quedado bastante mona.
Además, para exorcizar vuestra mala leche podéis simpsonizar a ese jefe malcarado que no saluda por las mañanas, a ese compañero de trabajo que no hace más que enviarte cadenas de powerpoint por e-mail, a los vecinos que les da por colgar cuadros el sábado a la hora de la siesta… Pueden crearse personajes gordos, feos, calvos… ¡Un sinfín de posibilidades!
Es de esos pocos escritores que dan entrevistas que da gusto leer. Rafael Reig es un tipo divertido, sulfúreo, que escribe novelas originales y bien resueltas, de esas que te fastidian cuando terminan (os recomiendo Autobiografía de Marilyn Monroe y Guapa de cara, por ejemplo).
Y también tiene un blog que bien merece darse un garbeo por sus líneas de tanto en cuanto, y dejarse olvidada una prenda en alguna de sus habitaciones: Hotel Kafka.
Hola compañeros, nunca unas vacaciones fueron tan deseadas. Serán sencillas. Familia (las dosis justas), amigos (sobredosis), buena comida (intentaré no volver con aspecto de bollo relleno de crema), cafés (mejor los cambio por unas cañas), libros (Rebecca se ha ocupado de esto) y numerosas siestas (de las que de dejan la cara como una sandwichera).
A dos horas de finalizar mi jornada laboral, siento esa felicidad efímera de los (todavía) 30 días por delante. Después es una cuenta atrás. Echaré una primi para intentar parar el cronómetro… para siempre.
Famosa por sus fotografías nocturnas con la cara adornada de arañazos y los pies ensangrentados, Amy Winehouse ha sido un agradable descubrimiento dentro del frikie-world. No es un desquiciado personaje más de la nómina de la Cuore, sino que además esta chica canta y lo hace como los ángeles (más como los negros que como los blancos).
Para que luego digan que los politoxicómanos no llegan a nada en la vida… Esperemos que abandone a su camello en unos añitos y ese vozarrón de mujerona encerrado en un cuerpo pequeñito y frágil siga dando sorpresas.
Este fin de semana salieron en una conversación con amigos varias anécdotas de la nueva edición del concurso de modelos de Cuatro. Me picó la curiosidad y ayer, en vez de ver CSI, estuve horrorizándome un rato con este programa en el que las niñas son humilladas por los profesores, insultadas por sus compañeras y tratadas como un escaso pedazo de carne andante. Plenamente consciente de que iba a dar juego, la dirección del programa ha metido con calzador a una chica que no tiene nada de modelo y que está medio pirada… a la que llaman gorda y fea y ella no hace más que llorar con altas dosis de dramatismo. Es algo perverso y a la vez cómico. La última vez que veo este horror. Con la Cuore ya tengo mi dosis de frivolidad.
Rescato esta conversación:
-No me gusta el rubio de bote. Parezco una pilinqui. (alumna a la que le han teñido el pelo de rubio y que, por este motivo, llora desconsoladamente).
-Se dice pilingui. (otra alumna, voz de fondo)
-Pues eso, que parezco una pilingui. (alumna teñida)
-Tú no has visto a muchas pilinguis, ¿verdad? (la profesora, consolándola).
¡Hoy cumplimos dos añitos! Bufffffff… Soplamos una vela y la otra se la dejamos a los invitados, no queremos que nadie se quede sin deseo.
365 posts y 1.156 comentarios conforman el inventario de lo que duerme en las bodegas de Las Musas. Pero todavía nos quedan sorpresas en la despensa, así que les recomiendo que continúen atentos a sus pantallas.
A los mirones, a los respondones, a los polémicos, a los cariñosos, a los amigos, a los amigos de nuestros amigos, a los nuevos, a los veteranos, a los nuestros, a los que no lo son… A todos, gracias por espiar de tanto en cuanto a través de esta cerradura con vocación de ventana.
El periódico londinense The Times publicó el viernes pasado un artículo sobre la palpable pérdida de apoyo al rey que se está experimentando en España. Al parecer un auditor está escudriñando el gasto que supone la familia real para los españolitos, que no bajaría de 8 millones de eurazos extraídos, cómo no, de lo que a usted y a mí nos arrebatan vil y mensualmente de la nómina.
Esquerra Republicana de Catalunya va más allá y exige que ese informe se haga público ante el Parlamento para que los paganinis sepamos, por primera vez en la historia, en qué se gastan los cuartos Juancar y su séquito de gandules.
Me da a mí que se avecinan tiempos más complicados para los Borbones, y que la imposición de Feli & Leti no irá tan rodada como ellos esperan. Ay, qué gustito daría que nos invitaran a un referéndum…
¿Recuerdan aquel regimiento de fornidos chicarrones que nos enviaron para neutralizar las protestas en Ca na Palleva? Sí, claro que se acordarán. Eran unos tipos a un escudo pegados, con casco, visera, rodilleras, espinilleras, coderas… Vamos, acolchaditos de arriba a abajo, no vaya a ser que un pelut (véase diccionario PP-Normal, Normal-PP) les rompiera una uña o les estirara del pelo.
Su misión era dispersar a una guerrilla sentada y desarmada, y en este peligroso lance se registraron algunas bajas en el bando de los Madelmans, ya que alguno de estos prohombres tuvo que acudir al hospital de campaña por haber recibido nada más y nada menos que arañazos (joer, cómo se pasan los hippies, no hay derecho…).
Pero como Ca na Palleva ya ha sido destruida, ¿en qué ocuparán su tiempo estos tiarrones? Yo les propongo lo siguiente, no se que se queden en el paro y les dé por matar moscas con el rabo: echar con las mismas formas de las que hicieron gala en Ibiza a los Franco que se han atrincherado en el Pazo de Meirás. Eso sí, con esta siniestra familia tendrán que emplearse más a fondo y tapizarse mejor las partes sensibles de su cuerpo, porque se las gastan peores que los ibicencos y si les hacen pupita no serán arañazos lo que escriban en el parte médico.
Queridos, hoy he tenido una revelación. Me sentía abatida, vaga; me arrastraba por las esquinas y pensaba, dios, qué cansancio, qué poca energía, qué apatía. Pues un experto en bioenergética y acupuntura me ha sacado de mi hoyo: “No es que seas vaga, simplemente eres una persona sensible a la que le afectan muchas cosas que a otras personas ni les inmutan. Las variaciones de presión atmosférica, los cambios de estación (como sucede ahora)…Sólo eres sensible”. Consolaos, pues, si os halláis en estado catatónico y vuestro cerebro no soporta más actividad mental que el desanille de una lata de cerveza, el desgarro de una bolsa de patatas y el botoneo en busca de un canal que emita algo interesante… para terminar echando anclas en el ‘Diario de Inmundicia’ recreándoos en el feliz reencuentro entre la oliva y el palillo que la abandonó en aquel cóctel.
No eres un puto vago, eres Lord Byron!!!!
Este post es muy largo, lo sé, pero a ver que opináis.
«…el drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena de ser vivida».
García Márquez
A continuación, ‘Diorama’ de Luis Mª Díez Merino (ganador de un concurso de relatos breves, bastante reciente)
Diorama s.m 1 Reproducción a pequeña escala de una escena. 2 Tela
transparente pintada por las dos caras que, al ser iluminada por uno u otro lado, permite
ver en un mismo sitio dos cosas distintas.
• CLAVE (1996) Diccionario
de uso del español actual. Madrid, editorial S M, 1a ed.
El hombre que lee el periódico ha perdido su empleo y está buscando otro en
el diario. Sostiene una taza de café a la altura de sus ojos y acaba de descubrir que tiene
restos de carmín. No sabe si está autorizado para reclara al camarero porque, aunque la
mancha le desagrada, encuentra la protesta algo desmesurada por provenir de alguien
que no tiene trabajo. El rojo del carmín está desvaído, ya no es del color guinda de
carrocería de auto recién lavado y encerado; ahora tiene color de beso rancio, color de
beso enjabonado, ya sólo es medio beso olvidado en la porcelana.
En los trece años que había trabajado en la empresa no vio al director ni una
sola vez, siempre dirimió sus asuntos con superiores de medio rango, en general seres
adustos que, como esas plantas capaces de vivir entre dos rocas, habían prosperado en la
organización gracias a su tenacidad y al conocimiento de las normas.
Ahora él estaba despedido y mientras miraba la mancha de carmín, imaginaba
que el director no existía, que era sólo una ficción, una leyenda y que, del mismo modo
que en otros tiempos los seres sobrenaturales provenían del reflejo de los astros en el
limo y de los cuchicheos de la selva, así su jefe se había forjado con polvo de los
archivos y el calor de los flexos.
El hombre que sujeta un perro con una correa roja odia profundamente a su
mujer. El perro es de ella y él lo pasea a diario con la esperanza de que algún día el
animal muera de cierta forma extraña que él aún no es capaz de imaginar. Ese día se
presentará en casa con su cuerpo inerte como un peluche y observará el dolor de su
mujer como quien mira una tormenta. Mientras llega esa fecha podría maltratar al perro
de vez en cuando pero sospecha que el animal es capaz de comunicarse con su dueña y
se lo contaría todo.
Con el paso de los años ha olvidado los motivos por los que odia a su mujer. A
veces intenta recordar, intenta concentrarse en conocer cómo empezó todo, pero
siempre ocurre algo que le da nuevos motivos para odiarla y pierde el hilo de sus
recuerdos. En ocasiones ha pensado irse de casa pero ha desechado la idea porque
perdería lo poco que tiene: ya ni siquiera sería un hombre que odia profundamente a su
mujer y que pasea a su perro con la secreta esperanza de que un día muerda de una
manera estúpida y atroz.
El joven que amina con aire contrariado se dirige a una tienda concreta, ahora
resulta irrelevante determinar de qué tienda se trata, con la intención de comprarse un
traje. Es una decisión que ha ido posponiendo un día tras otro y para ello no ha dudado
en utilizar todo tipo de argucias, como si el hecho de adquirir un traje fuese, en sí
mismo, un acto vergonzante o abyecto. Una vez dentro del comercio su voluntad va a
ser anulada una vez más. Los dependientes lo van a despedazar si que él vaya a poder
hacer nada por evitarlo. Igual que otras veces lo van a asediar, le van manosear los
hombros, la espalda; le van a dar palmaditas para que se enderece, luego van a dar
tirones profesionales y secos aquí y allá a la americana hasta que tenga la caída que
buscan, y lo van a sacudir como a un pelele dentro de los pantalones para eliminar
pliegues y bolsas. Finalmente se van a colocar a su lado ante el espejo sujetando el
entramado ilusorio de una esbeltez de tramoya y le dirán que el traje le cae como un
guante. Al abandonar el establecimiento, azorado y presuroso, con el traje en una bolsa
de papel grande con asas de cuerda y una promesa de elegancia largamente incumplida,
los dependientes lo van a someter a un último escarnio: le harán pasillo hasta la puerta,
lo felicitarán por su buen gusto y, cuando esté ya en la calle y o pueda verlos,
prorrumpirán en sonoras carcajadas.
La mujer que camina con una bolsa llena de comida en cada mano perdió a sus
dos hijos en la guerra. Sabe que su dolor sólo se detendrá cuando sus hijos pertenezcan
al pasado y la guerra a los libros de historia. Otras madres como ella se derrumbaron
sobre sus lágrimas y, de uno u otro modo, también ellas desaparecieron. Ella no. Ella
sólo espera una señal que le indique que sus hijos ya pertenecen al pasado y la guerra a
los libros de historia; cuando eso ocurra conocerá una nueva forma de felicidad sin
alegría, vivirá una existencia inalterable y lejana, todo se desarrollará como en un sueño
lento y verosímil. En estos días vive angustiada por la idea de no ser capaz de reconocer
la señal; le aterra vivir para siempre en la incertidumbre de si la señal se retrasa o caso
ella no supo reconocerla en el momento de su manifestación y ya jamás volverá a ser
avisada para que cese en su dolor. Se pregunta, mientras bambolea las dos bolsas llenas
de comida que al llegar a su casa juzgará excesivas, si será un mensaje refulgente, con
esa luz que debe manar de los sepulcros que son abandonados por sus moradores o se
tratará de un momento de penumbra quieta, tramada como el claroscuro de un óleo
antiguo.
El muchacho de trece años que mira el escaparte de la tienda de deportes ha
dejado de creer en Dios hace unos treinta y cinco minutos. Esta idea, el abandono de la
fe, le rondaba últimamente la cabeza y se le manifiesta en forma de apariciones súbitas.
En vez de ser visitado por criaturas angelicales y luminiscentes de dudosa corporeidad
como les ocurría a los niños, pastores o no, que ilustraban sus libros de vidas
ejemplares, él era asaltado por la nada en sus más diversos aspectos. Ahora mira unas
botas de fútbol y casi adivina la fuerza que puede esconder en los objetos inertes. Las
oye sisear el trazo de media órbita y luego el impacto con la esfera que rutila de colores
y anagramas. Después hace lo que él considera un último intento, en este momento
ignora que luego vendrán otros, para dar cabida a Dios a su lado, pues no se siente con
fuerzas para crear un nuevo orden para las cosas, pero vuelve a fracasar. Dios es bueno,
se dice, pero imposible.
En el banco de madera y hierro pintado de verde y blanco, cuya extraña
orientación hacia poniente ha provocado el desconcierto, cuando no la protesta, de
ciudadanos de probada honradez, hay sentados dos ancianos. El anciano que mira con
detenimiento el temblor de su mano mientras intenta guardar sus gafas de concha en la
funda metálica algo abollada, no está seguro de si lo que él estima recuerdos de su
juventud son tales recuerdos o son invenciones. Consulta su pasado como si se tratara
de un fichero al que pudiera acceder a través de la memoria cabal-cada rostro tiene un
nombre, cada ciudad un murmullo, cada sentimiento una tensión-, pero aunque los
recuerdos no han perdido nitidez, sí han perdido credibilidad. Juzga inverosímil, por
ejemplo, que haya sido capaz de matar a otro hombre y sin embargo recuerda haberlo
hecho: la afrenta, los movimientos ciegos y hoscos, el cuchillo, primero trémulo y luego
ensangrentado, el bulto del otro que se deshincha como un globo y se pega al suelo
unido para siempre a su propia sombra, luego la flojera en el vientre, la carrera alocada
y el calor de la orina bajándole hasta los pies… así lo recuerda y así debió ocurrir; pero
este lance tiene la misma naturaleza de los deseos insatisfechos o de las historias bien
contadas de las que nos apropiamos: desmienten nuestra reputación.
El anciano que comparte el banco con el anciano que juzga sus recuerdos poco
creíbles se siente muy solo a causa de su sordera. Mientras fue un hombre joven creyó
que la palabra era el material más importante con el que se construía el universo
audible, pero ahora, a pesar de que gracias al empeño y la paciencia que muestran hacia
él quienes lo rodean entiende que todo lo que se le dice, ya no oye el ruido de la vida y
por eso su existencia se ha convertido en un hecho aislado. Ya no percibe el ruido que
hacen sus brazos al embutirse en las mangas de la americana, ni el roce de sus zapatillas
sobre la tarima, ni el crepitar de las hojas del periódico, ni la algarabía de los niños a los
que ve jugar a lo lejos, ni el murmullo de las copas de los árboles. Ahora sólo entiende
verdades absolutas como “sí”, “no”, “la guerra ha terminado” o “ya es muy tarde”, pero
se ha vuelto sordo para el lenguaje de las cosas. Él, que llegó a pensar que las
onomatopeyas eran representaciones secundarias, caprichos de la gramática, se siente
hoy un hombre imperfecto y atrofiado, un fenómeno de feria, un ser abstruso dentro de
una urna.
El hombre maduro que lleva un ramo de flores en su mano derecha es bígamo.
Es una persona de buena posición y, si sólo deseara mantener relaciones carnales con
más de una mujer, podría disponer de una o varias amantes. Sin embargo se casó dos
veces porque lo que deseaba era tener dos hogares, dos esposas, dos salones, dos
jardines y dos vidas sociales. Se podría creer que este hombre, como tantos otros,
después de largos años casado con una persona de tales o cuales características, había
comenzado a aburrirse junto a su esposa y buscado la compañía de otra mujer más joven
y de gustos y costumbres distintos, incluso opuestos a los de su primera esposa, pero es
el hecho que este hombre contrajo ambos matrimonios en el plazo de unos pocos meses
con mujeres de parecida edad, aspecto y gusto.
Cada una de sus dos esposas disfruta de una felicidad paralela a la de la otra
pues él las trata con idéntica deferencia ya que, a sus ojos, ambas mujeres son una sola.
Ahora se dirige al encuentro de una de ellas. Piensa regalarle una ramo de
flores, ese mismo ramo que lleva en su mano, y luego la invitará a cenar en un
restaurante caro y así celebrarán no importa qué hito de su relación, seguramente uno de
esos hechos banales que las personas socializadas en una medida abrumadora van
colocando en sus vidas para guiarse con más facilidad por la senda verdadera.
La mujer suspendida en el aire está a punto de romperse. Más tarde el juez de
guardia va a decir que está muerta, pero sería más correcto decir que está rota, que va a
estar rota. Sus huesos quebrados van a abultarse en sus pantorrillas y en sus muslos
creando la apariencia de articulaciones que no son tales, pero eso seguramente va a
ocurrir más tarde, ahora sólo es una calcomanía pegada en la brisa de la mañana. Al
saltar por la ventana ha cerrado los ojos como cuando, de niña, en la playa, las olas
estallaban de espuma ante su rostro. Un instante después los ha abierto. Aún está en lo
alto y, como desentendiéndose de la ley de la gravedad, tiene tiempo de mirar hacia la
plaza y ver a un niño frente a la tienda de deportes, a dos ancianos en un banco, a un
joven que cruza la calle, a un hombre que sostiene una taza de café, a un señor maduro
que porta un ramo de flores y a una mujer que camina basculando dos pesadas bolsas de
plástico llenas, con casi absoluta seguridad, de comida.
Fin
Luis M. Díez Merino ganó con el libro ‘Las medias verdades’ el XX Premio de narración De Buena Fuente convocado por el Ayuntamiento de Logroño y la Fundación Caja Rioja, de España. Una crítica dice: «¿Qué sucedería si Gabriel García Márquez se encontrara con Aghata Cristie en un balneario a mediados del siglo XX? Seguramente jugarían a las medias verdades en una historia entre el realismo mágico y el misterio, guiados por una narración viva e ingeniosa que atraparía al lector. Eso es lo que contiene la primera novela de Luis M. Díez Merino».
Evidentemente no estamos ante un plagio puro y duro pero la idea de Márquez, condensada en pocas líneas, es lo único meritorio del relato de Díez Merino, muy bien escrito pero sustentado en el citado cimiento. ¿Coincidencia o parecido razonable?
Queridos humanos:
Regresa vuestro roedor favorito, que aunque ha estado muy ocupado asesorando al gobierno cubano en su búsqueda del sucesor de Castro y mediando en la crisis entre Kate Moss y Pete Doherty, entre otros asuntos, nunca me he olvidado de vosotros.
Y, para comenzar, un consejo sobre buenas maneras en la mesa y una explicación gráfica de cómo comer un cacahuete al más puro estilo roedor.
Where am I?
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