Este año ha tenido muchas sombras, sobre todo laborales. Pero los amigos, la familia, Henry y los felinos siguen dándome un empujoncito a la luz. Así que, en vez de ‘Tuenti’, este año tengo ‘Trenti’ favoritos. Diez más. Porque cuando te pones a pensar, te sale un año cojonudo.
La Garriga y sus burbujitas.
‘David Copperfield’ de Charles Dickens.
Partirme de la risa leyendo ‘Mari Klinski’ de Ainhoa Rebolledo.
Pupa destripando el sofá.
Vivir con Henry Von Longville.
Manifestarme con Sandra y Sebas después de darle la papilla a Eloy.
El trote Hello Kitty.
Mary Katrantzou.
‘Moonrise Kingdom’.
El rollo que se traen Carrie y Brody en ‘Homeland’.
Los ‘Aiguallums’.
Hacer bizcochos en los días libres.
Cenar y charlar con Bego.
Asaltar el H&M con Rebecca.
Unas gafas de sol de 3 euros que me puse de madrugada.
La Quinta del Sordo (y la madre que la parió).
La entrevista con Oti Rodríguez Marchante.
Las clases de inglés con Sandy, Eugenio y los perretes.
Volver a escribir.
Eva y Javi, aquí, allí y donde sea.
El barón Scarpia.
La presentación de ‘Algú parla de mi’ de David Ventura.
Los nuevos modelos de Virgensitas.
La ‘Laura’ de Maite.
La tripita de Nieves, que ya veremos cómo se llama.
Los mimos en todas sus versiones.
Lula, el único felino que me da miedo, incluyendo a las panteras, pero al que adoro en la prudente distancia.
Sentir que contribuyo, muy modestamente, a difundir iniciativas y eventos culturales, un sector muy perjudicado por la crisis.
Las cosas que pienso antes de dormir.
Y sí, ‘Spartacus’. Guión chusco, chorrazos de sangre y sexo a tutiplén. Mola.
¿Son 30? ¿Me he pasado? ¿Me he quedado corta? No pienso contarlos, que soy de letras.
Ahora te toca a tí.
Lena Valenti. Saga Vanir. Editorial Vanir. Valen Bailón. ¿Os suenan estos nombres? Para los lectores de novela romántica, este es el cuarteto que mejor suena en sus estanterías, pues han logrado revolucionar de arriba abajo no sólo el mundo de la novela romántica sino de la gestión editorial en general.
Pero vamos por partes, porque me ocurre como a quienes esperan cada novela de Lena: el ansia por anticiparme hace que dé pasos de gigante. Lena Valenti es una escritora de raza, de esas que o escriben o revientan. Una noche, bendita noche, de julio de 2008 soñó con una escena que su imaginación convirtió en una historia, en una novela completa. Currante de día y escritora de noche, Lena Valenti sacrificó cientos de horas de sueño para escribir su primera obra, El libro de Jade. Como todos los escritores noveles, se la dio a leer a gente de su confianza, temiendo que no pasara de ser un ejercicio de autocomplacencia, que no tuviera calidad suficiente para ser publicada. Pero todos los afortunados que leyeron aquel primer borrador coincidieron en lo mismo: Lena había escrito una auténtica bomba. Animadísima por estos comentarios, la envió a varias editoriales y la experiencia fue tan nefasta que Valen Bailón y Lena Valenti lanzaron un órdago: montaron su propia editorial.
Llegados a este punto, la historia de la Editorial Vanir ya merece aplausos. En este mundo en el que parece que tengas que humillar la cerviz por un sueldo que apenas cubra el alquiler, que dos personas se líen la manta a la cabeza y se embarquen en una utopía en plena marejada económica, es para quitarse el sombrero. Pero la Editorial Vanir tiene algo de heroico, de Épica Vanir (con tu permiso, Valen). Los principios no fueron mieles ni rosas, fueron una auténtica gymkana editorial en la que tuvieron que superar complicaciones gigantescas que comenzaron, nada más y nada menos, que con un intento de estafa por parte de una editorial. Finalmente, Valen Bailón y Lena Valenti consiguieron lo nunca visto, al menos por mí, en el mundo de la edición: sacaron un libro a la calle en once días y, como guinda, se convirtió en un auténtico bombazo.
El libro de Jade salió a la venta el 2 de enero de 2010, un año y medio después de que Lena tuviera aquel sueño inspirador. Dejadme que os recomiende a los no aficionados a la novela romántica (porque los fans ya la conocen de sobra) a esta autora que me tiene el alma robada. Cuando fui editora de novela romántica tuve que leer a tantísimas autoras que no me tiembla el pulso al escribir que Lena Valenti es LA MEJOR de todas las que han pasado por mis manos. Desde luego, destaca su capacidad para describir las escenas sexuales, con una mezcla de sensualidad, erotismo y pasión que hacen que se te suban las cejas hasta el cogote. Pero Lena Valenti tiene algo más: una imaginación portentosa. Gracias a ella idea tramas que rebosan acción e intriga por todos los costados, con personajes ricos y muy bien dibujados, argumentos secundarios que te hacen contener la respiración… Repito, es la mejor, ninguno de los nombres con los que comparte espacio en la mesa de novedades puede hacerle sombra.
Y lo que en un principio era un libro se convirtió en una serie, la Saga Vanir. Lo que comenzó con una tirada de 1.500 ejemplares lleva ya varias decenas de miles vendidas. Lo que fue una locura se ha convertido en la dedicación exclusiva de Lena Valenti y Valen Bailón, quienes dejaron sus anteriores trabajos para darse en cuerpo y alma a la Editorial Vanir. Lo que se figuraba como un libro de corto recorrido se ha convertido en una saga de diez volúmenes, que se publica en todos los países de América del Sur, Alemania, Italia, Polonia… Lo que podría haberse quedado en un sueño extraño se ha convertido en el objeto de deseo de Adrián Guerra, el productor de Luces rojas y Buried, entre otras películas.
¿Qué más deciros? Que Lena Valenti y Valen Bailón son dos rara avis, dos personajes de novela que si no fuera porque los conozco creería que son producto de la ficción. Si queréis leer su historia, la Editorial Vanir acaba de publicar Un sueño llamado Saga Vanir de Valen Bailón (aquí os dejo el tráiler del documental que acompaña al libro), en el que explica todo este rally con mucho más detalle. Y, cómo no, que a nadie se le ocurra no leer a Lena Valenti, sería un pecado mortal de necesidad. Lo ideal es hacerlo por orden, así que aquí tenéis los títulos publicados por el momento de la Saga Vanir:
Noche de Reyes de 2011. Una mujer salta a las vías del metro en la estación de Urquinaona. En su bolso encuentran un móvil en blanco, cuya memoria sólo la ocupa una fotografía espantosa: un árbol del que cuelgan varios perros ahorcados. Este es el punto de partida del nuevo caso del inspector Héctor Salgado, al que conocimos en El verano de los juguetes muertos. Al mismo tiempo que investiga esta muerte y otros suicidios aparentemente relacionados, el inspector Salgado peleará con sus demonios interiores, que lo atormentan por la reciente y misteriosa desaparición de su ex mujer.
Leire Castro está rehaciendo su vida. De baja por embarazo, la agente no aguanta más la inactividad y comienza a investigar por su cuenta la desaparición de la ex de su compañero Salgado. ¿Qué otros secretos guardaba esta mujer? ¿Qué episodio de su juventud podría estar relacionado con lo ocurrido un año atrás?
Toni Hill es, sin duda, el autor que ha revitalizado la novela negra patria. Después de tantos suecos, finlandeses, noruegos y demás escritores de frío que te pillo y muebles de Ikea, Hill ha reivindicado la novela policiaca con ambientación local. Esto no se reduce sólo a situar la trama en latitudes más cálidas, sería demasiado fácil, sino también en los personajes, en la radiografía de la sociedad que siempre realiza toda buena novela negra. Si habéis leído El verano de los juguetes muertos, conoceréis ya a los dos protagonistas, a los que tenemos que sumar el magistral elenco de secundarios que ha creado Toni Hill en Los buenos suicidas. Utilizando una empresa de cosmética como nexo, el autor nos presenta una nómina riquísima de personajes, que van desde la pija-hija-del-jefe hasta la joven y guapa que los lleva a todos de cabeza, pasando por el oficinista gris y el propietario que quiere liarse la manta a la cabeza.
Si a estos ingredientes le añadimos una trama encastada con el acierto de un escritor de raza, Los buenos suicidas no ha hecho sino reafirmar el talento de Toni Hill y dejarnos a sus lectores con la miel en los labios hasta la siguiente entrega protagonizada por Héctor Salgado y Leire Castro.
¿Qué pasaría si al protagonista de El extranjero de Albert Camus lo soltaras en la Barcelona sucia y de arrabal de Juan Marsé, y contaras sus vicisitudes con la ironía y la mala leche cáustica de Bret Easton Ellis en Menos que cero? Aparecería Algú parla de mi de David Ventura, un descubrimiento literario de esos que te alegran no el día sino el mes y parte del siguiente. Una novela corta e intensa, como un chupito de orujo tomado con el estómago vacío, que cuenta con el personaje principal más carismático que he leído en mucho tiempo.
Ambientada en la Barcelona previa a la crisis, Algú parla de mi cuenta el día a día de un treintañero tan miserable y desencantado de la realidad como magnético. Sólo la literatura, la buena literatura, puede conseguir esto, que te enganche hasta lo más cotidiano de una persona que si fuera real te asquearía. ¿Cómo consigue esto David Ventura? Con pinceladas de una nostalgia feroz, unos toques mínimos pero de sabor tan intenso como estigmas de azafrán.
Un prefacio advierte al lector de los anacronismos de la trama, a saber, que todo el mundo tenga trabajo e, incluso, que se permitan el lujo de dejar un puesto fijo por otro trabajo menos exigente. Yo añadiría otro: se habla del Barça y no de Guardiola, y eso no pasa en esta ciudad desde hace muchos años (hay niños que creen que Guardiola ha existido desde el principio de los tiempos, los he visto con mis ojos). Sin embargo, Algú parla de mi es más actual hoy que cuando lo escribió, pues ahora encontramos a más personajes como este protagonista, aburrido de la realidad, pasivo ante ella, un tipo que se ha dado de baja de la sociedad y que no pretende acercarse a ella más que para su propio beneficio.
Todo esto resultaría muy triste si lo hubiera contado otra persona, pero David Ventura tiene un humor fino, británico, de sonrisa de medio lado, con el que consigue introducirte en la escena más mezquina, narrarte el comportamiento más despreciable, con una guasa torera que da cierto alivio en medio de tanta desgracia. Me viene a la mente la escena de una orgía hacia el final del libro, mucho mejor escrita que las que narra Michel Houellebecq, y eso que para mí, hasta conocer a David Ventura, el escritor francés era el mejor contador de orgías de la literatura actual.
Si algún director de cine está leyendo esto, que corra a por su ejemplar de Algú parla de mi de David Ventura, porque sería una película perfecta. La novela está ordenada por escenas y tiene una estructura granhermanesca, cruda y sin adornos, que te convierte en un voyeur adicto a su mirilla.
El aliento le apesta a muerto, está cubierto de escamas viscosas y lanza al viento unos pedos nucleares que contaminan la atmósfera kilómetros a la redonda. Aún así, enamora. ¿Quién es el? Bailal, la criatura cuya agitada biografía relata Milo J. Krmpotic en Historia de una gárgola.
Una tormenta insufla vida a esta gárgola juguetona y bastante trasto, cuya afición principal es asustar a quien se cruza en su camino. A través de los ojillos de víbora de Balial viajaremos por la campiña francesa y llegaremos a París, no sin antes vivir aventuras y desventuras con personajes de lo más variopinto. Desde princesas caprichosas hasta hombres de mal vivir, Balial es un imán para humanos de distinto pelaje.
Milo J. Krmpotic es el maestro del arte de la mezcla aparentemente bizarra pero de resultados brillantes, como el chocolate con sal. en Historia de una gárgola ha mezclado lo gótico con el humor, el género juvenil con escenarios adultos, el terror con la carcajada. Balial es un antihéroe de manual; hediondo y revoltoso, con el gafe subido pero también con momentos de suerte redonda, con una pequeña dosis de maldad que te hace imposible no encariñarte con él.
Qué vozarrón y desgarro usaba esta menudita señora en su himno para afirmarse frente al mundo con la seguridad y el poderío que nos da haber sobrevivido a tantas batallas; máxime, si al volver de ellas encuentras un amor con el que empezar de cero: Car ma vie, car mes joies, aujourdhui, ça començe avec toi…
La Piaf es otro de mis valores seguros, a la que soy fiel sin notarlo siquiera. Su repertorio ha explicado, a veces mejor que mis poemas, el amplio espectro de mis sentimientos; y hay temas suyos, como este, que son bandera, santo y seña, trofeo de mi errático paso por el mundo: Non! Je ne regrette rien, ni le bien qu’on ma fait, ni le mal; tout ça m’est bien egal!… Suscribo y traduzco: Con mis recuerdos, encendí el fuego de mis penas y de mis alegrías; ya no las necesito. Barrí mis amores con pulso trémulo; barridos para siempre, vuelvo a comenzar… Sí, begin the begin, el eterno retorno que diría el bigotudo. Y una curiosa precisión, ahora que caigo: la canción la asocio con los dos amores principales de mi vida: uno abriendo los 70, y el otro en la década siguiente. Cuando el primero me dejó, creí que el mundo se hundía con él. Con el segundo, al vernos menos, las tormentas no fueron tan tremendas; y los rescoldos aún calientan algo esta patología rara de corazón múltiple. Pero como dijo el poeta: “Si de mis más claros gustos mis disgustos han nacido, gustos al cielo le pido aunque me causen disgustos”. Sólo que en tono menor, please, que no está uno ya para ciertas barbacoas de corazón, y otras vísceras, asados.
Teselas para un retrato (sound-track) de Julio Herranz.
A pesar de que entró en Informes a Tutiplén S.A. hace más de diez años, nadie se ha molestado en conocer a Federico. Ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco, ni moreno ni rubio, ni guapo ni feo, Federico es normal hasta la náusea y sólo llama la atención por su dedicación absoluta a la tarea de revisar cada día miles de transacciones económicas que revolotean por su pantalla. Nada más llegar, cuelga su chaqueta del perchero, fija sus pupilas en el ordenador y no levanta la mirada hasta bien entrada la noche. Al marchar, abatido, apaga la luz y cierra la oficina, alentado sólo por el deseo de que vuelva el amanecer y con él una nueva jornada laboral que le amarre a su silla ergonómica durante horas y horas.
Lo que nadie sabe es que Federico no revisa los datos, no comprueba los balances, no compara los resultados ni detecta los percances: Federico entra en trance.
Federico observa a los doses desplegarse hasta convertirse en pájaros magenta de pico dorado que surcan la pradera de colores líquidos que conforma el cielo. Los treses se han convertido en mullidos cojines de estampados abigarrados donde Jimi Hendrix se recuesta para tocar la guitarra con los ojos cerrados y la frente escarchada de sudor.
Una muchacha con figura de ocho baila junto a Federico, mientras agita los flecos de su vestido con la destreza con la que un pez bate sus aletas. De su pelo cuelga una cinta adornada con margaritas y seises brillantes, tallados en aguamarinas transparentes y ámbar dorado. En este mundo, Federico es alto y flaco como un uno, elegante y atildado, y danza junto a ella al son de Jefferson Airplane.
Don’t you want somebody to love?
Don’t you need somebody to love?
En Babylon existen las cifras negativas pero, aunque no esté prohibido, a nadie le apetece restar.
En Babylon Federico es y será siempre el número uno.
Las novelas, como las vidas, pertenecen a diferentes categorías según la naturaleza de su punto y final. Las hay que finalizan con un punto deseado, ansiado como un oasis florido tras páginas y páginas de desierto y aburrimiento. Otras te ofrecen un punto y final que deja buen sabor incluso pasado el trago, como el café de las mañanas o el primer sorbo de una cerveza helada en verano. Y, por último, las mejores novelas que he leído y las mejores vidas de las que he disfrutado son las que enarbolan ese punto y final hiriente y traicionero, ese punto y final que duele como una enfermedad que comienzas a incubar pero ignoras, hasta que da con tus huesos en la cama. Pues bien, La mujer de papel pertenece a este último grupo, al de los puntos finales indeseables, y todo gracias a una protagonista que destila tanta piel y tanto sentimiento que, ahora que Rabih Alameddine no nos escucha, me niego a pensar que pertenece a la ficción.
La mujer de papel es un libro sobre libros. ¿Redundante? No, delicioso. La mujer de papel rescata un placer sólo comparable al de comerte tu postre favorito y que, además, te dejen rescatar con el dedo la constelación de miguitas que ha quedado en el plato, para relamerlas después en un último acto de gula. El postre sería Beirut, el Líbano, una guerra y una mujer tremendamente moderna e inteligente que nos hace de corresponsal, en la guerra y en la paz. Las miguitas, perdonad mi osadía, son Faulkner, Woolf y Sebald, son Kundera, Virgilio y Ovidio, son todos esos escritores que han hecho de la literatura lo que es para muchos de nosotros: una obsesión maravillosa.
Por eso, al terminar de leer La mujer de papel sentí tanta tristeza, tanta añoranza, tanta de esa saudade sobre la que escribía Pessoa, que decidí centrarme en otra cosa para superar el amargo trago de ese punto y final traicionero. Y sí, he tomado dos decisiones. La primera es seguir almacenando libros como si fueran provisiones en tiempo de contienda, para poder tropezar con ellos dentro de unos años y levantar laberintos en mi salón. La segunda, también cuando sea más vieja, teñirme el pelo de azul en honor de Aaliya.
My Story de Marilyn Monroe, con la colaboración de Ben Hecht Global Rythm Press
N.º págs: 220
PVP: 22,50 €
Marilyn Monroe nos fascina, nos enamora y nos enternece, todo al mismo tiempo. ¿Cómo puede ser que un icono sexual de su calibre, que una mujer con ese sex-appeal de potencia atómica, nos suscite tanta ternura? Quizá sea la historia dickensiana de su infancia y juventud, o quizá ese desamparo crónico que intentaba curar con los hombres incorrectos. Lo cierto es que Marilyn Monroe, lejos de pasar a la historia como una actriz bella como tantas otras, lo ha hecho como un icono de la infelicidad.
En My Story, las memorias escritas por la propia Monroe con la ayuda de Ben Hecht, se desnuda la Marilyn más insegura. Aquí leemos a Norma Jean cuando aún era Norma Jean, incluso cuando la Monroe comenzaba a despuntar, pero siempre subyacía la niña que vagó por casas de acogida y que arracaba suspiros cuando aún ni imaginaba que existía algo llamado sexo. La sinceridad de estas páginas te llega al corazoncito. En tono íntimo, de confesión y con dosis muy reconocibles de autocensura, Marilyn Monroe no escribe una crónica de su vida sino un tapiz de escenas sueltas que al juntarse configuran el dibujo de su personalidad. Y gracias al gran Ben Hecht, al que no le llamaban “el Shakespeare de Hollywood” en vano, esta autobiografía rezuma un gusto literario magnífico, a la vez que preserva la voz de su autora, a la que podemos escuchar susurrar con aquella voz aguda y tintineante que se gastaba.
My Story encantará, cómo no, a los fans de la rubia más célebre del cine, quienes encontrarán en este libro un montón de fotografías inéditas de la actriz. Pero también fascinará a los amantes de las historias de la época dorada de Hollywood. No os perdáis esta frase de la Monroe:
Hollywood es un lugar donde te pagan mil dólares por un beso y cincuenta centavos por tu alma. Lo sé porque rechacé la primera oferta bastante a menudo y cobré siempre los cincuenta centavos.
Me pirran los blogs de cocina, pero sólo los que se salen de lo habitual, los que huyen del tono ultrafemenino-marujil y, además de ofrecer recetas originales, lo hacen con un tono divertido y añaden curiosidades que guarnecen el recetario.
El Comidista ocupaba hasta hace un par de días el número uno de mi Hall of Fame gastronómico, por el magnífico dominio que tiene de los fogones y, también, por el tonillo de guasa que se gasta, por hacer de una receta algo divertido de leer y por ofrecer un montón de curiosidades que siempre hacen que se me levanten las cejas. Si no lo tenéis ya, os recomiendo que compréis el libro de El Comidista (aquí), porque es una joya apta tanto para cocinitas con galones como para los que quieren iniciarse en le mundo de no-comer-pizza-a-diario. Y conste que sigo rindiendo pleitesía a Mikel López Iturriaga, un tío al que tuve la suerte de conocer y me pareció encantador. Pero ahora Mikel tendrá que echarse a un ladito para compartir el primer puesto de mi podio personal con mi nuevo blog de referencia: Comidiario, bloc de cocina punk.
La receta que estrenó el blog me dejó con la babilla colgando… Al loro: croquetas de mejillones y mozzarella. Mirad la foto y dejad que disfrute vuestra pituitaria.
Y ha continuado con una propuesta de hummus de judías blancas con remolacha, otra de gulash con patatas paja… Todo ello asequible para el reloj y el bolsillo, aliñado con una canción y explicado de tal forma que no te da ninguna pereza arremangarte, atarte el delantal a la espalda y meterte en harina. Quede constancia aquí de que este mismo fin de semana pondré en práctica alguna de estas recetas punk, mientras cabecearé al ritmo de las canciones propuestas (quizá no lo sabéis, pero el estómago pensante tras Comidiario es también un experto en música).
¿Por qué cocina punk? El cocinero-musiquero lo explica:
El subtítulo, ‘Bloc de cocina punk’, obedece a que el viento que lo mueve es el del ‘háztelo tú mismo’ del 77, el de hacer una cocina sencilla, a veces mínima, y barata, pero pintona, original y divertida.
La hija del Este de Clara Usón Seix-Barral
N.º págs: 448
PVP: 19,50 €
Un cerebro privilegiado, la primera de su promoción en la facultad de medicina de Belgrado, guapa y pretendida por muchos, la favorita indiscutible de su padre, por quien ella siente auténtica devoción. Ana Mladic era una joven feliz con un futuro magnífico ante ella, un futuro que jamás llegó a materializarse porque con 23 años le arrebató a su padre, el general Ratko Mladic, su pistola favorita y se quitó la vida de un balazo. Y es que Ana, la prometedora hija del general, descubrió algo sobre su padre que le impidió seguir adelante, la incapacitó para seguir viviendo con esa carga en su conciencia.
La hija del Este de Clara Usón es, por encima de todo, un libro inteligente, lúcido, abonado de datos verídicos que provienen de una investigación vasta y concienzuda realizada por la autora. Confieso que desconocía los detalles del conflicto que dinamitó la antigua Yugoslavia y he de dar gracias a Usón por la fascinación que me ha suscitado su novela, por haber despertado en mí las ganas de saber más de este episodio tan reciente de la historia de Europa.
Clara Usón ha creado con La hija del Este el perfecto híbrido entre el ensayo y la ficción: una novela que se alimenta directamente de la realidad y mantiene un perfecto equilibrio entre los datos objetivos, históricos, comprobables y documentados, con la aportación literaria de una autora que atesora una bibliografía envidiable (cualquiera de sus anteriores novelas son plenamente recomendables, como Corazón de napalm, Perseguidoras, El viaje de las palabras, Primer vuelo y Noches de San Juan). Usón ha asumido el riesgo innegable que conlleva injertar dos géneros eminentemente opuestos, como la ficción y el ensayo, que de la mano de una escritora menos solvente podría haber acabado con un Frankestein literario con las costuras al aire. En La hija del Este no sólo han desaparecido por completo los zurzidos sino que, además, Clara Usón sabe manejar con maestría el zoom literario para que la historia individual y doméstica de una joven de 23 años retrate con riqueza unos hechos históricos cuyas cicatrices aún siguen tiernas.
No suelo meterme en estos jardines, pero hoy me apetece hacerlo, porque la ocasión se lo merece. Con excepción de la revista Qué leer, que dedicó la portada y una extensa entrevista a dos bandas a la autora, ningún medio de los especializados en literatura (léase El Cultural, Babelia, Cultura/s y demás) se han hecho eco de La hija del Este, a pesar de ser esta, lo aventuro ya, una de las mejores novelas publicadas en 2012. Por eso, leedla, regaladla el próximo Sant Jordi, prestádsela a vuestros amigos… Y que el boca oreja consiga que La hija del Este llegue todo lo alto que se merece.
Para los que estéis en Barcelona el próximo lunes, celebrando la Diada de Sant Jordi, aquí tenéis el mapa de firmas de Clara Usón para ese día.
11h-12h: La Central, en Rambla Catalunya con Mallorca.
12h-13h: Casa del Llibre, en Passeig de Gràcia, 62.
13h-14h: Alibri, en Rambla Catalunya con Gran Via.
16h-17h: Parada de la Fundació Pare Manel, en la Rambla, bajando a mano derecha, delante del mosaico de Miró.
17h-18h: El Corte Inglés, en Diagonal, 616.
19h-20h: El Corte Inglés de Francesc Macià, en Diagonal, 471.
No sé por qué a la hora de elegir un tema de este catalán anarcoide y guasón, enraizado en Sevilla desde hace décadas, pincho éste. Habría sido más lógico quedarme con alguno (casi todos) de su primer y genial álbum, el que grabó con Raimundo y Rafael Amador, cuando los hermanitos golfos eran casi adolescentes. Aquél cuya portada era una tableta de hachís con la palabra ‘Veneno’ grabada a fuego. Junto con el primer disco de Lole y Manuel, otro de los grandes, fueron referentes musicales claves en mi ‘transición’ particular. ¿Estaba allí aquella letrilla flamenca que decía: En un cuartito los dos, veneno que tú tomaras, veneno tomaba yo? No sé ahora, da igual. Kiko Veneno tiene arte de sobra y envejece bien, como esta canción sobre la ruptura de una pareja y el dolor que supone recordarla a través de las cosas cotidianas que compartieron, alternadas con este estribillo redondo: si tú no te das cuenta de lo que vale, la vida es una tontería, si vas dejando que se marche lo que más querías… Pues sí; y lo peor es cuando se marchan sin tú quererlo. Ah, se me olvidaba: a Kiko le vi en un concierto que dio aquí en Ibiza en los 80; y me hablaba mucho de él mi hermana Marisol, amiga suya entonces, así como de Raimundo and brother y de otros sevillanos enrollados de la época. Buen tipo.
Teselas para un retrato (sound-track) de Julio Herranz.
Maldición de Ondina, Síndrome de Moebius, estrabismo acentuado con hipermetropía, Afasia de Wernicke, Síndrome de Proteus, embarazo imaginario, Síndrome del Acento Extranjero, Síndrome del Espasmo Profesional… Todo esto y alguna enfermedad, síndrome o maldición divina más conforman el inventario personal de enfermedades de Y., un asesino a sueldo al que le persigue la mala suerte desde que nació y que no puede dar un paso sin sentir en su nuca el frío aliento de la muerte.
Convencido de que cada día será el último de su vida, Y. encara su último encargo: acabar con la vida de Eduardo Blaisten, un empresario cuyo asesinato le encargaron con un sobre repleto de dinero. Nadie desperdiciaría el que cree su último día de vida en cumplir con un compromiso profesional. Pero Y. no puede obviar sus obligaciones para con sus clientes porque, como él se encarga de repetir constantemente, es un hombre “de moral kantiana”. Mientras Y. intenta una y otra vez asesinar a su víctima, realiza un repaso sobre los enfermos ilustres de la historia. Voltaire, Proust, Kant, Tolstoi, Poe Descartes, Byron… Todos ellos aquejados de los síndromes más estrafalarios pero sin llegar a su categoría de “milagro médico”.
El asesino hipocondríaco de Juan Jacinto Muñoz Rengel es una novela de una originalidad magnífica que rezuma sentido del humor. El personaje principal, el enfermo Y., es una reinterpretación divertidísima del antihéroe, con todos los ticks de un Woody Allen y con la aparente sangre fría de León, el Profesional. No os la perdáis, en serio, y ahora que llega Sant Jordi regaládsela a ese amigo que siempre se queja de dolores imaginarios.
Este es un libro sobre libros, libreras y librerías. A esto los ingleses lo llaman bookish book, algo así como “libro libresco” en castellano, y sin duda es caviar para los adictos a la literatura. Adrienne Monnier nos hace partícipes en este libro de las situaciones maravillosas que se producían entre las paredes de La Maison des Amis des Livres, en el número 7 de la Rue de l’Odéon de París (¿dónde si no?).
En 1915 Adrienne Monnier abrió en la capital francesa la librería que se convertiría en el estandarte literario del París de principios del siglo XX. ¿Qué tenía el local de esta señora para atraer a clientes de talla tan alta? Hablamos de Proust y Joyce, Rilke y Hemingway, Becket y Breton. A un tiro de piedra, en la misma calle, su amiga íntima Sylvia Beach regentaba la mítica Shakespeare & Co. Y gracias a la bendita pulsión de Monnier por escribir sus vivencias podemos disfrutar de un libro imprescindible para todos los amantes de la literatura, para todos los bibliófilos, para los lectores, para los ratones de biblioteca… En definitiva, para quien todavía visita librerías cuando viaja a otra ciudad.
No quiero desvelar las maravillas de Rue l’Odéon porque significaría privar del placer de irlas descubriendo a medida que se avanza en este librito pequeño y casi cuadrado, en una edición preciosa para sostenerla entre las manos. Sólo dejadme compartir un término que acuñaron en La Maison des Amis des Livres y del que me he apropiado como definición de mi religión y de la de muchos de mis amigos. Sí, me declaro potasson:
POTASSON: Variedad de la especie humana que se distingue por su gentileza y su forma de entender la vida. Para los potassons el placer es positivo: se ponen al día enseguida, tienen buen natural y agallas. Cuando los potasson se juntan, todo va bien, todo tiene fácil arreglo, no hay que hacer mucho esfuerzo para divertirse, el mundo es claro, se atraviesa de una punta a otra, de principio a fin, desde las grandes bestias de los orígenes -las hemos visto, estábamos allí- hasta el fin de los fines, donde todo vuelve a empezar, siempre con ganas y buen humor.
Rue de l’Odéon de Adrienne Monnier Gallo Nero
N.º págs: 249
PVP: 21 €
Ahora que los blogs se cotizan en el mercado vintage, una de las personas que escriben mejor de todas las que conozco me ha dado una alegría llamada Un día es un día. Sólo ella podía haberlo hecho ahora. Porque Susana Prosper va siempre a contracorriente, pero elige siempre el torrente más cálido. En la Época de la Prisa ella saca un momento para mostrarnos cómo aprendió a manejar un tractor. Habla con sus perros, como ha de ser, y baja a “la ciudad” en contadas ocasiones. Pero no es una anacoreta ni una ermitaña, todo lo contrario: es una persona que tiene el don de saber mirar y saber explicar, un talento cada vez más escaso.
Entrad en Un día es un día y entenderéis lo que os digo. ¿Por qué? Porque ella se explica mucho mejor que yo.