Desterré hace años la idea de que los suplementos literarios servían para fomentar la cultura. Las críticas de libros que en ellos se publican no hacen más que repeler a los lectores, por engoladas, recargadas, pretendidamente ininteligibles y escritas con el único propósito del lucimiento personal del crítico. Y qué decir de los reportajes sobre exposiciones, cuando a los periodistas culturales les da por reseñar lo que cuelga de las paredes de una galería de Estocolmo o Nueva York, que nunca pasa de moda. Si quiero ir en metro o caminando, ¿me quiere decir usted que no hay nada en mi ciudad que sea digno de su pluma? En resumen, que esas páginas podrían ahorrarse y el Amazonas estaría más frondoso.
Uno de los últimos y más flagrantes casos de egocentrismo cultural lo encontré ayer en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia. A propósito del lanzamiento de la tercera entrega de la trilogía Millenium de Stieg Larsson, La reina en el palacio de las corrientes de aire, el suplemento abre con un extensísimo artículo cuyas primeras líneas de la entradilla son:
Cultura/s apostó desde el primer momento por la obra de Stieg larsson. Fue la primera publicación española que lo hizo, con un extenso dossier, días antes de que Los hombres que no amaban a las mujeres llegar a las librerías, cuando su autor era un desconocido entre nosotros.
Y se quedan tan anchos, qué narices… ¿Acaso le importa al lector si ellos fueron los primeros, o los terceros, o los décimo cuartos? Sin lugar a dudas, nos importa un comino del tamaño de un melón. Parece ser que con Larsson ocurre como con Ruiz Zafón y La sombra del viento, que funcionó por el boca-oreja de los lectores pero muchos periodistas se erigen los descubridores del autor (será que esperan a cambio una pensión alimenticia o un sueldazo como el de la ONCE). De hecho, en una ocasión estuve en una cena sentada al lado de un periodista barcelonés que me aliñó los entrantes, el primer plato, el segundo, el postre y la copa con sus sobrados méritos como “El Primer Periodista Que Creyó en Zafón” y lo eternamente agradecido que le está el autor. Qué sorpresa me llevé cuando no vi su nombre en la dedicatoria de El juego del ángel… :b
La conclusión sería la siguiente: a la hoguera con los periodistas pedantes y soporíferos. ¡Quememos los suplementos culturales! Y si alguien quiere informarse sobre qué libro comprar, qué película ver o qué exposición visitar, que le pregunte a un amigo, que seguro que no le obligará a besarle los pies antes de darle su opinión.

J.air’s moustache de Gilzee